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Joaquín García Icazbalceta
Carta al Ilmo. Sr.
Arzobispo de México D. Pelagio Antonio de
Labastida y Dávalos
Comentario
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Ilmo. Señor.
(Octubre, 1883)
1. Me manda V.S.I que le dé
mi opinión acerca de un manuscrito que se ha servido enviarme,
intitulado: "Santa María de Guadalupe de México, Patrona
de los Mexicanos. La verdad sobre la Aparición de la Virgen
del Tepeyac, y sobre su pintura en la capa de Juan Diego. Para extender,
si posible fuera, por el mundo entero el amor y el culto de Nuestra
Señora".
2. Quiere también
V.S.I. que juzgue yo esta obra únicamente bajo el aspecto
histórico; y así tendría que ser de todos modos,
pues no estando yo instruido en ciencias eclesiásticas sería
temeridad que calificara el escrito en lo que tiene de teológico
y canónico.
3. No juzgo necesario hacer
un análisis de él por cuanto que no me propongo impugnarle:
prefiero poner sencillamente a la vista de V.S.I. lo que dice la
historia acerca de la Aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe
á Juan Diego.
4. Quiero hacer constar que
en virtud del superior y repetido precepto de V.S.I. falto á
mi firme resolución de no escribir jamás una línea
tocante á este asunto del cual he huido cuidadosamente en
todos mis escritos.
5. Presupongo desde luego
que al hacerme V.S.I. su pregunta, me deja entera libertad para
responder según mi conciencia, por no tratarse de un punto
de fe: que si se tratara, ni V.S.I. me pediría parecer, ni
yo podría darle.
6. Las dudas acerca de la
verdad del suceso de la Aparición, tal como se refiere, no
nacieron de la disertación de D. Juan B. Muñoz: son
bien antiguas y bastante generalizadas, á lo que parece.
Prueban esto último las muchas apologías que ha sido
necesario escribir, lo cual fuera excusado si el punto hubiera quedado
esclarecido de tal modo desde el principio, que no dejara lugar
á duda. En cuanto a la antigüedad de la desconfianza,
puede V.S.I. ver entre los libros y papeles que le dió el
Sr. Andrade una carta autógrafa del P. Francisco Javier Lazcano,
de la Compañía de Jesús, fecha en México
á 13 de abril de 1758 y dirigida á D. Francisco Antonio
de Aldama y Guevara, residente entonces en Madrid. Contesta á
una de éste, escrita el 10 de Mayo de 1757, en que se habla
ya de la impugnación de un "desatinado fraile jerónimo,
sobre lo cual pide más datos el P. Lazcano.
La bula de la concesión del patronato es
de 1754; de suerte que antes de los tres años conocida, ya
hubo un religioso que de palabra ó por escrito no temiera
impugnar lo que se dice aprobado en aquella bula. El Dr. Uribe,
en los últimos años del siglo anterior, estimulado
sin duda por el sermón del P. Mier, aunque no lo nombra,
tuvo que salir a la defensa del milagro. La Memoria de Muñoz,
escrita en 1794, permaneció sepultada en los archivos de
la Real Academia de la Historia, hasta el año de 1817.
7. Para añadir hoy una nueva
apología á las varias que ya se han escrito, convendría
tener á la vista los muchos documentos descubiertos después
de publicada la última; que es la del Sr. Tomel (pues no
quiero dar tal nombre al virulento folleto anónimo no ha
mucho publicado en Puebla). Parece que el autor del manuscrito no
ha conocido estos documentos, pues no los cita.
8. Muñoz tampoco los
conoció, ni pudo conocerlos; pero todos ellos no han hecho
más que confirmar de una manera irrevocable su proposición
de que "antes de la publicación del libro del P. Miguel Sánchez,
no se encuentra mención alguna de la Aparición de
la Virgen de Guadalupe á Juan Diego".
9. Caímos ya en el
argumento negativo, tan impugnado por los apologistas
de la Aparición, sin duda porque conocen que no puede
haber otro contra un hecho que no pasó. Porque sería
absurdo exigir que los contemporáneos tuvieran don de profecía,
y adivinando que más adelante se inventaría un suceso
de su tiempo, dejaran escrito con anticipación que no era
cierto ni se diera crédito a quienes lo contaran.
10. La fuerza del argumento negativo
consiste principalmente en. que el silencio sea universal, y
que los autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían
una mención del suceso que callaron. Ambas circunstancias
concurren en los documentos anteriores al P. Sánchez; y aun
hay en ellos algo más que argumentos negativos, como pronto
vamos a ver.
11. Que no hay informaciones ó
autos originales de la Aparición, es cosa que declaran todos
sus historiadores y apologistas, incluso el P. Sánchez, y
explican la falta con razones. más o menos plausibles. Algunos
se han empeñado en que realmente existieron, y quieren probarlo
refiriendo que el Sr. Arzobispo D. Fr. García de Mendoza
(1602-1604) leía con gran ternura los autos y procesos
originales de la Aparición, lo cual no consta más
que por una serie de dichos.
Cuentan también que Fr. Pedro Mezquia, franciscano,
vió y leyó en el Convento de Vitoria "donde tomó
el hábito el Sr. Arzobispo Zumárraga", escrita por
este prelado á los religiosos de aquel convento, la historia
de la Aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe, "según
y como aconteció"... El P. Mezquia partió para España
y ofreció traer á su vuelta el importantísimo
documento; pero no le trajo, y reconvenido por ello, respondió
que no lo había hallado, y que se creía haber perecido
en un incendio que padeció el archivo; con lo cual quedaron
todos satisfechos, sin meterse á averiguar más. V.S.I.
sabe que el Sr. Zumárraga no tomó el hábito
en el convento de Vitoria, ni aun consta que alguna vez residiera
en él:. tampoco hay otra noticia del oportuno incendio del
archivo.
Por lo demás, la falta de los autos originales
no sería, por sí sola, un argumento decisivo
contra la Aparición, pues bien pudo ser que no se hicieran,
ó que después de hechos se extraviaran: aunque á
decir verdad, tratándose de un hecho tan extraordinario y
glorioso para México, una ú otra negligencia es harto
inverosímil.
12. El primer testigo de la Aparición
debiera ser el Ilmo. Sr. Zumárraga, á quien se atribuye
papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones
y traslaciones de la imagen. Pero en los muchos escritos suyos que
conocemos no hay la más ligera alusión al hecho ó
á las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre
de Guadalupe. Tenemos sus libros de doctrina, cartas, pareceres,
una exhortación pastoral, dos testamentos y una información
acerca de sus buenas obras. Ciertamente que no conocemos todo cuanto
salió de su pluma, ni es racional exigir tanto; pero si absolutamente
nada dijo en lo mucho que tenemos, es suposición gratuita
afirmar que en otro papel cualquiera, de los que aun no se hallan,
refirió el suceso.
Si el Sr. Zumárraga hubiera sido testigo
favorecido de tan gran prodigio, no se habría contentado
con escribirlo en un solo papel, sino que le habría proclamado
por todas partes, y señaladamente en España, adonde
pasó el año siguiente: habría promovido el
culto con todas sus fuerzas, aplicándole una parte de las
rentas que expendía con tanta liberalidad: alguna manda ó
recuerdo dejaría al santuario en su testamento; algo dirían
los testigos de la información que se hizo acerca de sus
buenas obras: en la elocuente exhortación que dirigió
á los religiosos para que acudieran á ayudarle en
la conversión de los naturales venia muy al caso, para alentarlos,
la relación de un prodigio que patentizaba la predilección
con que la Madre de Dios veía á aquellos neófitos.
Pero nada absolutamente nada en parte alguna.
En las varias Doctrinas que imprimió tampoco
hay mención del prodigio. Lejos de eso, en la Regla Cristiana
de 1547 (que si no es suya, como parece seguro, á lo
menos fué compilada y mandada imprimir por él) se
encuentran estas significativas palabras: "Ya no quiere el Redentor
del mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está
nuestra santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como
tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo". ¿Cómo decía
eso el que había presenciado tan gran milagro?... Parece
que el autor de la nueva apología no conoce los escritos
del Sr. Zumárraga, pues nunca los cita y solamente asegura
que si nada dijo en ellos, dijo bastante con sus hechos levantando
la ermita, trasladando la imagen, etcétera.
Es necesario decir, para de una vez, que todas esas
construcciones de ermitas y traslaciones de la imagen no tienen
fundamento alguno histórico.Todavía el autor discute
la posibilidad de que el Sr. Zumárraga hiciera una de esas
procesiones á fines de 1533, siendo ya cosa probada con documentos
fehacientes que estaba entonces en España, y que volvió
a México por Octubre de 1534.
13. Si del Sr. Zumárraga pasamos
á su inmediato sucesor, el Sr. Montúfar, á
quien se atribuye parte principal en las erecciones de ermitas y
traslaciones de la imagen, hallaremos que en 1569 y 70 remitió,
por orden del visitador del Consejo de Indias D. Juan de Ovando,
una copiosa descripción de su Arzobispado (que tengo original),
en la cual se dá cuenta de las iglesias de la ciudad
sujetas á la mitra, y para nada se menciona la ermita de
Guadalupe.Por pequeña que fuese, lo ilustre de su origen
y la imagen celestial que encerraba merecían muy bien una
mención especial, con la correspondiente noticia del milagro.
Interrogando á los primeros religiosos, los
hallaremos igualmente mudos. Fr. Toribio de Motolinía escribió
en 1541 su Historia de los Indios de Nueva España, donde
refiere varios favores celestiales otorgados á indios; mas
no aparece nunca en ella el nombre de Guadalupe. Lo mismo sucede
en otro manuscrito de la obra, que poseo, muy diferente del impreso.
Es muy notable el silencio de la célebre carta del Ilmo.
Sr. Garcés al Sr. Paulo III en favor de los indios, en la
cual refiere también algunos favores que habían recibido
del cielo. Tampoco se halla cosa alguna en las cartas del V. Gante,
del Sr. Fuenleal, de D. Antonio de Mendoza, y de otros muchos obispos,
virreyes, oidores y personajes, que últimamente se han publicado
en las Cartas de Indias, y en la voluminosa Colección
de Documentos inéditos del Archivo de Indias.
14. Fr. Bartolomé de las Casas
estuvo aquí en los años de 1538 y 1546: indudablemente
conoció y trató al Sr. Zumárraga, pues ambos
asistieron á la junta de 1546: de su boca pudo oir la relación
del milagro. Con todo, en ninguno de sus muchos escritos habla de
él, y eso que le habría sido tan útil para
esforzar su enérgica defensa de los indios. ¡Qué
efecto no habría producido en los católicos monarcas
españoles la prueba de que la Virgen Santísima tomaba
bajo su especial protección la raza conquistada! ¡Qué
argumento contra los que llegaron á dudar de la racionalidad
de los indios y los pintaban llenos de vicios é incapaces
de sacramentos!
15. Fr. Jerónimo de Mendieta
vino en 1552, compuso su Historia Eclesiástica Indiana
á fines del siglo, valiéndose de los papeles de
sus predecesores: era ardiente defensor de los indios: cuenta lo
mismo que Motolinía, los favores que recibían del
cielo; y particularmente en el capítulo 24 del libro IV trae
la aparición de la Virgen el año de 1576 al indio
de Xuchimilco Miguel de S. Jerónimo, quien la refirió
al mismo P. Mendieta; pero nada dice de Ntra, Sra. de Guadalupe,
ni tampoco en sus cartas, de que tengo algunas inéditas.
Aun hay más, porque escribió de propósito
en tres capítulos la vida del Sr. Zumárraga, y calló
todo el suceso. ¿Para cuándo guardaba su relación?
Podrá haber acaso almas caritativas que, por haber yo publicado
esa obra,hagan el mal juicio de que suprimí algún
pasaje. Debo advertirles para su tranquilidad, que el manuscrito
existe en poder del Sr. D. José M Andrade, y que esa misma
biografíasilenciosa de Mendieta fué enviada al General
de la Orden, Fr. Francisco de Gonzaga, quien la imprimió
traducida al latín en su obra De Origine Seraphicae Religionis.
El general de la orden franciscana no echó de ver aquella
omisión ni dijo en 1587 cosa alguna de tan notable acontecimiento.
16. En las demás crónicas
de aquel tiempo, escritas por españoles ó indios,
buscaremos también en vano la historia. Muñoz Camargo
(1576), el P. Valadés (1579), el P. Durán (1580),
el P. Acosta (1590), Dávila Padilla (1596), Tezozomoc. (1598),
Ixtlixóchitl (1600), Grijalva (1611), guardan igual silencio.
Tampoco dijo nada el P. Fr. Gabriel de Talavera que en 1597 publicó
en Toledo una historia de Ntra. Sra. de Guadalupe de Extremadura,
aunque hace mención del santuario de México. El cronista
franciscano Daza, en su Crónica de 1611, Fernández
en su Historia Eclesiástica de nuestros tiempos (1611)
y el cronista Gil González Dávila en su Teatro
Eclesiástico de las Iglesias de Indias (1649) escribieron
la vida del Sr. Zumárraga y callaron la historia de la Aparición.
Ya la contó el P. Luzuriaga en la vida del mismo prelado,
como que publicó su Historia de Ntra. Sra. de Aranzazu en
1686.
17. Vengamos ahora al P. Sahagún.
El autor del manuscrito copió honradamente el famoso texto:
no así el anónimo de la disertación poblana,
que con mala fe le truncó, suprimiendo lo que contrariaba
su intento. Haga V. 5. 1. la comparación entre ambos textos:
va subrayado, para mayor claridad; lo que omitió el escritor
de Puebla.
TEXTO DEL P. SAHAGÚN
Cerca de los montes hay tres ó cuatro lugares
donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían
á ellos de muy lejas tierras. El uno de estos es aquí
en México, donde está un montecillo que se llama
Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se
llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían
un templo dedicado á la madre de los Dioses, que ellos la
llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí
hacían muchos sacrificios á honra de esta diosa, y
venían á ellos de muy lejas tierras, de más
de veinte leguas de todas estas comarcas de México, y traían
muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas.
Era grande el concurso de gente en estos días; y todos decían
"vamos a la fiesta de Tonantzin" y ahora que está
allí edificada la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe,
también la llaman Tonantzin, tomando ocasión de los
predicadores, que á Nuestra Señora la Madre de Dios
la llaman Tonantzin. De dónde haya nacido esta fundación
de esta Tonantzin no se sabe de cierto; pero esto sabemos de cierto,
que el vocablo significa de su primera imposición á
aquella Tonantzin antigua; y es cosa que se deberá remediar,
porque el propio nombre de la Madre de Dios, Señora nuestra,
no es Tonantzin sino Dios y Nantzin. Parece esta invención
satánica para paliar la idolatría debajo la equivocación
de este nombre Tonantzin; y vienen ahora á visitar á
esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como de antes; la cual
devoción también es sospechosa porque en todas partes
hay muchas iglesias de Nuestra Señora y no van á ellas,
y vienen de lejas tierras á esta Tonantzin como antiguamente
Este pasaje del P. Sahagún se encuentra igual
en la edición de D. Carlos María de Bustamante y en
la de Lord Kingsborough.
TEXTO DE PUEBLA
Atención: Todo el texto en cursivo falta
al de Puebla, compárese.
Cerca de los montes hay tres ó cuatro lugares
donde solían (los indios) hacer muy solemnes sacrificios,
y venían á ellos de muy lejanas tierras. El uno de
estos se llama Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla,
y agora se llama Ntra. Sra. de Guadalupe. En este lugar tenían
un templo dedicado á la madre de los dioses que la llamaban
Tonantzin, quiere decir nuestra Madre... y agora que está
allí edificada la iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe también
la llaman Tonantzin, tomada ocasión de los predicadores que
á Ntra. Sra. la Madre de Dios llaman Tonantzin... y vienen
agora á visitar esta Tonantzin de muy lejanas tierras.
18. No sólo aquí habló
de Ntra. Sra. de Guadalupe el P. Sahagún. En un códice
manuscrito en 4o. que existe en la Biblioteca Nacional, rotulado
por fuera "Cantares de los Mexicanos y otros opúsculos",
al tratar del Calendario dice: "La tercera disimulación (idolátrica)
es tomada de los nombres de los ídolos que allí se
celebraban, que los nombres con que se nombran en latín o
en español significan lo que significaba el nombre del ídolo
que allí adoraban antiguamente. Como en esta ciudad de México,
en el lugar donde está Santa María de Guadalupe se
adoraba un ídolo que antiguamente se llamaba Tonantzin; y
entiéndenlo por lo antiguo y no por lo nuevo. Otra disimulación
semejante á esta hay en Tlaxcala, en la iglesia que llaman
Santa Ana", etc.
19. El P. Sahagún vino en 1529
y debía estar bien entregado de la historia de la Aparición,
si ésta hubiera acontecido dos años después.
Nadie como él trató con los indios: pudo conocer perfectamente
á Juan Diego y demás personas que figuraron en el
negocio. A pesar de todo, dice terminantemente que "no se sabia
de cierto el origen de aquella fundación", y por los dos
pasajes citados se advierte con toda claridad que le desagradaba
la devoción de los indios, teniéndola por idolátrica,
y que deseaba verla prohibida. Uno de sus fundamentos es que allí
acudían en tropel los indios como de antes, mientras
que no iban á otras iglesias de Nuestra Señora. Supuesta
la realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía
causar al P. Sahagún que los indios prefiriesen el lugar
en que uno de los suyos había sido tan singularmente favorecido
por la Sma. Virgen. Bien mirado el testimonio del P. Sahagún
es ya algo más que negativo.
20. Por aquellos mismos tiempos preguntaba
el Rey á D. Martín Enríquez cuál era
el origen de aquel santuario; y el virrey contestaba con fecha 25
de Septiembre de 1575, que por los años de 1555 ó
56 existía allí una ermita con una imagen de Nuestra
Señora, á la que llamaron de Guadalupe por decir
que se parecía á la del mismo nombre en España,
y que la devoción comenzó a crecer porque un ganadero
publicó que habría cobrado la salud yendo a aquella
ermita. Vemos, pues, que el Virrey mismo, con tener tantos medios
de informarse y haber de dar cuenta al Rey, no alcanzó á
saber el origen de la ermita: explica de donde le vino á
la imagen el nombre de Guadalupe y nos informa de que la devoción
había crecido porque se contó un milagro obrado allí.
Pronto veremos confirmado por otro documento auténtico
que precisamente hacia esos años se declaró la devoción
á Ntra. Sra. de Guadalupe, y se publicaban muchos milagros.
Como Muñoz sólo insertó en su Memoria el
párrafo de la carta de Enríquez que hacía á
su intento, no ha faltado quien se atreva á suponer que en
el resto de la carta se hablaría algo más: suposición
enteramente gratuita, como ya está demostrado con el documento
íntegro publicado en las Cartas de Indias.
Tenemos, además, una minuciosa relación
del viaje del Comisario franciscano Fr. Alonso Ponce, y en ella
se refiere que habiendo salido de México el 23 de julio de
1585, pasó una gran acequia "por una puente de piedra junto
á la cual está un poblecito de indios mexicanos, y
en él arrimada á un cerro una ermita 6 iglesia de
Ntra. Sra. de Guadalupe á donde van á velar y tener
novenas los españoles de México, y reside un clérigo
que les dice misa.
En aquel pueblo tenían los indios antiguamente
en su gentilidad un ídolo llamado Ixpuchtli, que quiere decir
virgen ó doncella, y acudían allí como á
santuario de toda aquella tierra con sus dones y ofrendas: Pasó
por allí de largo el P. Comisario, etc. Que el redactor
de la relación, como nuevo en la tierra, equivocara el nombre
del ídolo, nada tiene de extraño; pero lo es, y mucho,
que si la tradición existía, como se afirma, ninguno
de los de la comitiva hubiera dado aviso al Comisario de que en
aquella ermita se guardaba una imagen milagrosamente pintada, para
que entrara á verla y venerarla, en vez de pasarse de
largo.
21. Los pasajes de Torquemada y de
Bernal Díaz en que se habla de la iglesia, han dado materia
de larga discusión á los apologistas. El hecho indudable
es que ninguno de estos autores menciona la Aparición. Aquí
debo hacer una observación importante. Todos los apologistas,
sin exceptuar uno solo, han caído en una equivocación
inexplicable en tantos hombres de talento, y ha sido la de confundir
constantemente la antigüedad del culto con la verdad de la
Aparición y milagrosa pintura en la capa de Juan Diego.Se
han fatigado en probar lo primero (que nadie niega, pues consta
de documentos irrefragables), insistiendo que con eso quedaba probado
lo segundo, como si entre ambas cosas existiera la menor relación.
Innumerables imágenes hay en nuestro país y fuera
de él a que se tributa culto desde tiempo inmemorial, sin
que de eso deduzca nadie que son de fábrica milagrosa: lo
más que se ha hecho ha sido atribuirlas al evangelista S.
Lucas. Solamente de la de Guadalupe (que yo recuerde) se dice que
haya sido bajada del cielo.
22. El P. Fr. Martín de León,
dominico, imprimió en 1611 su Camino del Cielo, en
lengua mexicana, y en el folio 96 casi reprodujo é hizo suyo,
después de tanto tiempo, el segundo texto de Sahagún.
Dice así: "La tercera (disimulación) es tomada de
los mismos nombres de los ídolos que en los tales pueblos
se veneraban, que los nombres con que se significan en latín
ó romance son los propios en significación que significaban
los nombres de estos ídolos, como en la ciudad de México,
en el cerro donde está Ntra. Sra. de Guadalupe, adoraban
un ídolo de una diosa que llamaban Tonantzin, que es nuestra
Madre, y este mismo nombre dan á Ntra. Sra., y ellos siempre
dicen que van á Tonantzin, y muchos dellos lo entienden
por lo antiguo y no por lo moderno de agora ". Se refiere en
seguida, como Sahagún, á la imagen de Santa Ana puesta
en Tlaxcala y a la de S. Juan Bautista en Tianguismanalco, la
más supersticiosa que ha habido en toda la Nueva España.
Es digno de notar que cuanto estos antiguos misioneros tratan
de las idolatrías encubiertas de los indios, saquen a cuento
la devoción á Ntra. Sra. de Guadalupe. Mal se aviene
esto con la creencia en el milagro.
23. Fr. Luis de Cisneros, de la orden
de la Merced, imprimió en 1621 su Historia de Ntra.
Sra. de los Remedios. El cap. 4 del lib. 1 se intitula: "De cómo
las más imágenes de devoción de Ntra. Sra.
tiene sus principios ocultos y milagrosos". Habla en él
de varias imágenes de Europa y de Guatemala, mas no menciona
la de Guadalupe, siendo así que trata de imágenes
de principios milagrosos. En el siguiente capitulo habla
ya de ella en estos .términos: "El más antiguo (santuario)
es el de Guadalupe, que está una legua de esta ciudad á
la parte del norte, que es una imagen de gran devoción y
concurso, casi desde que se ganó la tierra, que ha hecho
y hace muchos milagros, á quien van haciendo una insigne
iglesia que por orden y cuidado del Arzobispo está en muy
buen punto". Nada de Aparición.
24. Entre los libros que le dió
el señor Andrade tiene V.S.I. el sermón de la Natividad
de la Virgen María predicado por Fr. Juan de Zepeda, agustino,
en la ermita de Guadalupe, extramuros de la ciudad de México,
en la fiesta de la misma iglesia: impreso por Juan Blanco de Alcázar
el año de 1622, en 4o. Dos cosas hay notables en ese sermón:
la una, que el predicador dice en la dedicatoria, que la Natividad
(8 de Septiembre) es la vocación de la ermita, y la
otra que no habla palabra de la Aparición.
Confírmase lo primero con el acta del Cabildo
Ecco de 29 de Agosto de 1600. Ese día se dispuso que el domingo
10 de Septiembre se celebrara la fiesta de la Natividad de Ntra.
Sra. en la ermita de Guadalupe por ser su advocación,
y en seguida se pusiera la primera piedra para dar principio
á la nueva iglesia. De donde claramente se deduce que para
entonces todavía no le había ocurrido á nadie
que la imagen fuera pintada en la tilma de Juan Diego; y que la
fiesta titular era la del 8 de Septiembre en que se celebran las
de todas las imágenes que no tienen día señalado
para su título particular: de suerte que noventa años
después del supuesto aparecimiento no se pensaba todavía
en celebrar el 12 de Diciembre.
25. Note igualmente V.S.I. que nada
se habla de la Aparición de la Virgen de Guadalupe en los
tres Concilios Mexicanos; ni en las Actas de los Cabildos Eclesiástico
y Secular, anteriores al libro del P. Sánchez. El secular
no hizo una alusión siquiera á aquel gran suceso,
ó á las solemnes traslaciones de la imagen, siendo
así que en sus actas se encuentran referidos hasta los más
insignificantes regocijos públicos.
26. Por último, el P. Jesuita
Cavo, que escribió en Roma hacia 1800 sus Tres Siglos de
México, en rigurosa forma de anales, al llegar al año
de 1531 calló el suceso de la Aparición y pasó
adelante.
27. Si de los escritos nos vamos a
los mapas y pinturas de los indios, hallaremos que en ninguno de
los auténticos que existen hay nada de lo que se busca. Citaré
como ejemplo los códices Telleriano-Remense y Vaticano, publicados
por Kingsborough, y los anales ó pinturas históricas
de Mr. Aubin, que alcanzan á 1607. De las pinturas alegadas
por los apologistas diré algo después.
28. Como V.S.I. ve, es completo el
silencio de los documentos antes de la publicación del libro
del P. Sánchez. No cabe en buena razón suponer
que durante más de un siglo tantas personas graves y piadosas,
separadas por tiempo y lugar, estuviesen de acuerdo en ocultar un
hecho tan glorioso para la religión y la patria. Los apologistas
de la Aparición quieren que se presenten todos los
documentos de tan larga época, para convencerse de que el
silencio es universal; pretensión inadmisible, porque de
esa manera jamás se escribirá historia, en espera
de documentos que pudieron existir y que pudieran hallarse.
Los que tenemos dan testimonio suficiente de lo que contendrían
los que tal vez pudieran hallarse todavía.
Alguna prueba de ello hay ya. Muñoz, en 1794,
fundaba principalmente su impugnación en el silencio de los
escritores; en los noventa años corridos desde entonces se
han descubierto innumerables é importantísimos documentos,
y ni uno solo ha hablado, sino que han aumentado muchos con su silencio
el grave peso de la argumentación de Muñoz.
29. Sostienen igualmente los apologistas,
que están corrompidos los escritos de algunos de los autores
que más lo desfavorecen. Citaré tan sólo a
Sahagún y á Torquemada. Aquel escribió dos
veces el libro último de su Historia, diciendo que
en la primera escritura se pusieron algunas cosas que fueron mal
puestas, y se omitieron otras que fueron mal calladas. De aquí
sacaron Bustamante y otros el peregrino argumento de que así
como en el libro XII, hubo esas cosas mal puestas y mal calladas,
lo mismo debió suceder en los demás libros, y que
en las cosas mal calladas, estaba la historia de la Aparición.
Como si no fuera cosa ordinaria que un autor retoque
lo que escribe, cuando adquiere mejores datos; y como si Sahagún
hubiera callado simplemente la historia y no hubiera dejado
textos en que claramente la niega, en cuanto podía negarla
quien no adivinaba que con el tiempo había de inventarse.
A Torquemada se le ha tachado de embustero, y se ha pretendido también
que su obra está mutilada, precisamente en lo que al caso
hacia. Embustero, á la verdad, no fue, sino algo plagiario;
y por no haber zurcido con más esmero los retazos agenos
de que se aprovechó, le han venido esas contradicciones de
que se le acusa. A juzgar por lo que dicen los apologistas, no parece
sino que Dios se propuso destruir las pruebas escritas del prodigio
después de haberlo obrado, permitiendo que desapareciesen
hasta el último, los documentos en que se refería,
y quedasen los otros; ó que hubo desde el momento mismo de
la Aparición, un acuerdo universal para callarla y borrar
su memoria, pues no sólo desaparecieron los documentos originales,
sino que todas las mutilaciones hechas á los autores fueron
á dar precisamente sobre los pasajes relativos al mismo suceso.
30. Dije al principio que en los documentos
de la época había algo más que argumentos negativos,
y es tiempo de dar prueba de ello. Tiene V.S.I. en su poder una
información original, en catorce fojas útiles
y tres blancas, hecha en 1556 por el S. Montúfar, sucesor
inmediato del Sr. Zumárraga. El caso que dió motivo
á la información fue el siguiente. El día de
la Natividad de Ntra. Sra., 8 de Septiembre de 1556, se celebró
una solemne función religiosa en la capilla de S. José,
con asistencia del clero, virrey, audiencia y vecinos principales
de la ciudad. Encomendándose el sermón á Fr.
Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos, que gozaba
créditos de grande orador.
Después de haber hablado excelentemente del
asunto propio del día, hizo de pronto una pausa, y con muestras
exteriores de encendido celo, comenzó á declamar contra
la nueva devoción que se ha levantado sin ningún
fundamento "en una ermita ó casa de Ntra. Sra. que
han intitulado de Guadalupe", calificándola de idolátrica,
y aseverando que sería mucho mejor quitarla, porque venía
á destruir lo trabajado por los misioneros, quienes habían
enseñado á los indios que el culto de las imágenes
no paraba en ellas, sino que se dirigía á lo que representaban,
y que ahora decirles que una imagen pintada por el indio Marcos
hacía milagros, que sería gran confusión
y deshacer lo bueno que estaba plantado, porque otras devociones
que había tenían grandes principios, y que
haberse levantado ésta tan sin fundamento le admiraba:
que no sabía á qué efecto era aquella devoción,
y que al principio debió averiguarse el autor de ella
y de milagros que se contaban, para darle cien azotes y doscientos
al que en adelante lo dijese: que allí se hacían grandes
ofensas á Dios: que no sabía á dónde
iban á parar las limosnas recogidas en la ermita, y que fuera
mejor darlas á pobres vergonzantes ó aplicarlas al
hospital de las bubas, y que si aquello no se atajaba, él
no volvería a predicar á indios, porque era trabajó
perdido.
Acusó luego al Arzobispo de haber divulgado
milagros falsos de la imagen: le exhortó á que pusiera
remedio en aquel desorden, pues le tocaba, como juez eclesiástico;
y por último dijo, que si el Arzobispo era negligente en
cumplir con ese deber, ahí estaba el virrey, que como vicepatrono
por S. M. podía y debía entender en ello.
31. Lastimado el Sr. Montúfar,
que no era muy sufrido ni muy amigo de los franciscanos, con aquella
reconvención pública en tal ocasión y ante
tal concurso, y acaso más por habérsele echado encima
el brazo seglar, comenzó desde el día siguiente
á levantar la información que original tiene V.S.I.
Su objeto era,, según en ella aparece, saber si el P. Bustamante
había dicho alguna cosa de que debiese ser reprendido.
El interrogatorio de trece preguntas tenía
por único objeto dejar bien fijado lo que el predicador
había dicho. Fueron llamados nueve testigos, y de sus declaraciones
resulta haber predicado el P. Bustamante lo que dejamos referido.
Algunos añadieron, que él no era el único que
pensaba de aquella manera, sino que le seguían los demás
franciscanos: que todos se oponían á la devoción,
y aun alegaban contra ellos textos de la Sagrada Escritura en
que se manda adorar sólo á Dios; que aquella
ermita, decían, no debía llamarse de Guadalupe, sino
de Tepeaca ó Tepeaquilla: que ir a tal peregrinación
no era servir á Dios, sino más bien ofenderle, por
el mal ejemplo que se daba a los naturales, etcétera.
El Señor Arzobispo trataba también
de probar que en un sermón que él predicó pocos
días antes había dicho que en el Concilio Lateranense
estaba mandado, so pena de excomunión, que nadie predicase
milagros falsos ó inciertos, y él "no había
predicado milagro ninguno de los que decían que había
hecho la dicha imagen de Ntra. Sra. ni hacia caso de ellos: que
andaba haciendo la información y según lo que se hallase
por cierto y verdadero, aquello se predicaría ó disimularía
que los milagros que Su Señoría predicaba de Ntra.
Sra. de Guadalupe, es la gran devoción que toda esta ciudad
ha tomado á esta bendita imagen, y los indios también".
La información se suspendió y quedó sin concluir.
Nada se hizo contra el P. Bustamante, quien, á pesar de aquel
sermón, fué otra vez electo provincial en 1560 y después
Comisario general.
32. V.S.I. tiene á la vista
el expediente originat, y puede cerciorarse por sí
mismo de su autenticidad, y de que en él se encuentra lo
que dejó extractado. Después de leído el documento,
á nadie puede quedar duda de que la Aparición de la
Sma. Virgen el año de 1531 y su milagrosa pintura en la tilma
de Juan Diego es una invención, nacida mucho después.
Desde luego coincide extrañamente este instrumento jurídico
con los que diez y nueve años después escribía
el Virrey Enríquez.
El provincial decía en 1556 que la devoción
era nueva y no tenía fundamento, sino que se había
levantado por los milagros dudosos que de la imagen se contaban:
el virrey tampoco le asigna origen cierto y da á entender
que comenzó en 1555 ó 1556, por haber publicado un
ganadero, que había cobrado la salud yendo á la ermita.
Uno de los testigos de la información; el Br. Salazar, acabó
de confirmar que la fundación de la ermita no venía
de aparición ni milagro alguno, pues dijo "que lo que sabe
es que el fundamento de esta ermita tiene dende su principio,
fué el titulo de la Madre de Dios, el cual ha provocado
á toda la ciudad á que tengan devoción en ir
á rezar y á encomendarse á ella". De suerte
que ese solo titulo, el de la Tonantzin de que habla Sahagún,
fué el que dió origen al culto.
33. Dijo el P. Bustamante, que la imagen
fué pintada por el indio Marcos, y con otro testimonio
se confirma la existencia y habilidad de ese pintor, pues Bernal
Díaz, en el capítulo 91, menciona con elogio al artista
indio Marcos de Aquino.
34. Tenemos, pues, comprobado de una
manera irrecusable que á los veinticinco años de la
fecha que se asigna al suceso, y á la faz de muchos contemporáneos,
condenaba el P. Bustamante en ocasión solemnísima,
la nueva devoción á Ntra. Sra. de Guadalupe;
pedía severo castigo para el que la había levantado
con la publicación de milagros falsos, y publicaba que aquella
imagen era obra de un indio, sin que se alzase una sola voz
para contradecirle. Becerra Tanco dejó escrito que apenas
se verificó la última aparición al Sr. Zumárraga,
se difundió "por todo el lugar la fama del milagro" y un
gran concurso de pueblo acudía á venerar la imagen.
¿Pues cómo el Sr. Arzobispo, tantos
testigos de vista, el pueblo entero, no aniquilaron los cargos del
predicador con sólo echarle á la cara el origen divino
de la imagen, bastante para justificar aquella devoción?
¿Cómo pudieron oír sin escándalo que se
atribuyese á un indio la obra maravillosa de los ángeles?
¿Cómo quien tales cosas decía en un púlpito,
no fué inquietado? ¿Cómo el Sr. Arzobispo que
se veía acusado coram populo de fomentar una devoción
idolátrica y de predicar milagros falsos, trata de justificar
tímidamente de tales acusaciones en vez de confundir al predicador
con la comprobación del gran prodigio? Si los documentos
originales existían, bastaba con publicarlos, pues imprentas
no faltaban, si ya habían perecido, aquella era la ocasión
de reponerlos con una información facilísima, en vez
de dejarla para ciento diez años después.
Nada se hizo. Considere V.S.I. el efecto que causaría
hoy, no ya el sermón entero del P. Bustamante, sino la simple
proposición de que la imagen era obra de un indio: qué
clamor se levantaría entre los muchos que creen la Aparición,
las defensas que saldrían (pues sin tanto motivo se escriben)
y los malos ratos que pasaría el predicador. Recuérdese
lo que le avino al P. Mier sólo por haber dicho que la imagen
no se pintó, en la tilma de Juan Diego, sino en la
capa de Sto. Tomás. Pero á los veinticinco años
del suceso, aquel sermón no escandalizó sino porque.
en él se atacaba irrespetuosamente al Sr. Arzobispo, y porque
en cierta manera se procuraba menoscabar el culto á la Reina
de los Cielos.
35. La devoción de 1556,
fervorosa como todas las nuevas, fué cediendo hasta desaparecer.
Testimonio de ello nos ha dejado el Lic. D. Antonio de Robles en
su Diario de sucesos notables: documento privado en que indudablemente
se encuentra la verdad. Registrando á 22 de Marzo de 1674
el fallecimiento del Br. Miguel Sánchez, dice "que de la
Aparición compuso un docto libro, que al parecer ha sido
medio para que en toda la cristiandad se haya extendido la devoción
de esta sacratísima imagen de Guadalupe, estando olvidada
aun de los vecinos de México, hasta que este venerable
sacerdote la dió a conocer, pues no había
en todo México más que una imagen de esta soberana
Señora en el convento de Sto. Domingo, y hoy no hay
convento ni iglesia donde no se venere, y rarísima la casa
y celda de religioso donde no esté su copia". De manera,
que en 1648, nadie sabía de la Aparición, nadie conocía
ya la imagen; la devoción había acabado por completo.
36. Mas he aquí que
el Br. Sánchez publica un libro (el primero en que se vió
la historia de la Aparición á Juan Diego), y todo
cambia como por encanto. ¿Era que en aquel libro se relataba,
apoyada con documentos auténticos é irrefragables,
una historia gloriosa, hasta entonces desconocida? NO. La verdad
siempre se abre camino, y el autor principia por esta confesión:
"Determinado, gustoso y diligente busqué papeles y escritos
tocantes á la santa imagen y su milagro: no los hallé,
aunque recorrí los archivos donde podían guardarse:
supe que por accidentes del tiempo y ocasiones se habían
perdido los que hubo. Apelé a la providencia de la curiosidad
de los antiguos en que hallé unos, bastantes a la
verdad". Sigue diciendo muy á la ligera, que confrontó
esos papeles con las crónicas de la conquista, que se informó
de personas antiguas, y por último que aun cuando todo eso
le hubiera faltado, habría escrito, porque tenía de
su parte la tradición.
37. Al publicar historia tan peregrina,
debiera haber hecho constar con la mayor puntualidad las fuentes
de donde la había sacado, y no contentarse con esas generalidades
tan vagas, calificando por su propia autoridad de bastantes unos
papeles, sin decir cuales ni de qué autor. Contaba mucho
con la credulidad de sus lectores, y en eso no se engañó.
Para abusar todavía más de ella yo desacreditar por
completo su grande arma de la tradición, tuvo la ocurrencia
de publicar al fin del libro una carta laudatoria del Lic. Laso
de la Vega, Vicario de la ermita misma de Guadalupe, en la cual
el buen vicario confiesa sencillamente, que él y todos
sus antecesores habían sido "unos Adanes dormidos
que había poseído a esta Eva segunda sin saberlo",
y á él le había cabido la suerte de.
ser el "Adán despertado", lo cual en idioma corriente quiere
decir que ni él ni todos los vicarios ó capellanes
de la ermita habían sabido palabra del origen milagroso de
la imagen que guardaban, hasta que el P. Sánchez lo había
revelado. El Adán despierto ó sea el Lic. Laso
de la Vega, tomó la cosa tan á pechos, que el año
siguiente, 1649, imprimió una relación suya ó
agena, en mexicano con lo cual acabó de correr entre los
indios la historia del P. Sánchez.
38. El libro de éste salió
en momento oportuno para ganar crédito. La admirable credulidad
de la época, junta con una piedad extraviada, hacia admitir
desde luego cuanto parecía redundar en gloria de Dios, sin
advertir, como muchos no advierten hoy, que á la Verdad Suma,
no se da honra con la falsedad y el error. Los pergaminos de la
torre Turpiana y los plomos del Sacromonte de Granada alcanzaron
tal crédito, que se pasó un siglo en disputa antes
que la Santa Sede los condenase.
El P. jesuita Román de la Higuera infestó
por largo tiempo la historia de España con sus falsos cronicones,
á que siguieron los de Lupián Zapata, Pellicer de
Ossau y otros. Aquellas falsificaciones tenían por objeto
completar los episcopologios truncos de muchas sedes españolas;
probar la venida de Santiago y de varios discípulos de los
Apóstoles á España; dar santos á diversas
ciudades que no los tenían, y en suma, acrecentar glorias
á la Iglesia de España. Los que aquello vieron
se alamparon cada uno á su ignorado obispo ó á
su nuevo santo, sin que hubiese modo de hacérselos soltar.
Las ciudades formaron sobre tan malos fundamentos sus historias
paniculares, que extendieron el contagio. No todos fueron engañados;
pero nadie se atrevía á impugnar aquellas torpes invenciones
por temor á la grita que se levantaría contra el que
combatiera tan piadosas mentiras. El empuje popular era irresistible,
y costó mucho tiempo y trabajo limpiar de aquella basura
la historia civil y eclesiástica de España.
Era una época de misticismo, en que el espíritu
público estaba dispuesto á acoger y apoyar cuanto
se refiriera á comunicaciones ó manifestaciones sobrenaturales;
cualquiera forma, en fin, de milagro. El que de continuo ofrece
la naturaleza con el cumplimiento invariable de sus leyes, no satisfacía:
se necesitaba siempre la excepción de la regla, y que la
intervención directa de la Divinidad viniera á derogar
hasta en las cosas más fútiles, lo que desde la creación
quedó sabiamente establecido.
Los milagros habían de obrarse casi siempre
por medio de las imágenes, que eran todas de origen milagroso
también. De aquí tantas historias de ellas: ya la
que dos ángeles en figura de indios dejaban en la portería
de un convento; ya la que se renovaba por sí misma; ya la
que se hacía tan pesada en el lugar donde quería quedarse,
que no era posible moverla de allí, ya la que salía
de España á medio hacer, y llegaba aquí concluida;
ó la que se volvía varias veces al lugar de
donde la habían quitado, ó la que hablaba, pestañeaba,
sudaba ó por lo menos bostezaba. Tan decidida era la afición
á los milagros, que aun los hechos notoriamente naturales
eran tenidos y jurados por maravillosos.
39. En terreno tan bien preparado cayó
el libro del P. Sánchez, y así fructificó.
A nadie le ocurrió preguntarle de dónde había
sacado historia tan peregrina, que el capellán mismo de la
ermita la ignoraba: su libro fué sencillamente aprobado como
cualquier otro: la autoridad no le llamó á cuentas,
sino que por un procedimiento enteramente opuesto al natural y debido,
en vez de exigirle las pruebas de aquella historia y de los milagros
que contaba, se dirigió todo el empeño a procurarle
los fundamentos que no tenía. A esta idea extraviada debemos
las tristes informaciones de 1666.
40. Confirmando el aserto de Muñoz
he dicho, que antes de la publicación del libro del P. Sánchez,
en 1648, nadie había hablado de la Aparición. Los
apologistas, conociendo la urgente necesidad de destruir tal aserto,
han alegado diversos documentos anteriores, cuyo valor conviene
examinar. El Sr. Tomel (tomo II, PP. 15 y 18) los ha enumerado,
dividiéndolos en probables y ciertos.
Los probables son:
l. Los autos originales formados por el Sr. Zumárraga.
2. La carta que el mismo escribió á
los religiosos de su orden residentes en Europa.
3. La Historia de la Aparición escrita por
el P. Mendieta y parafraseada por D. Femando de Alva.
Los ciertos son:
4o. La relación de D. Antonio Valeriano.
5o. El cantar de D. Francisco Plácido, Señor
de Azcapotzalco.
6o. El mapa á que se refiere Doña
Juana de la Concepción en las informaciones de 1666.
7o. El testamento de una parienta de Juan Diego.
8o. Los de Juana Martin y D. Esteban
Tomelín.
9o. El de Gregoria Morales.
10o. La relación de D. Femando de Alva Ixtlilxóchitl.
11o. Los papeles que el Br. Sánchez
sacó su historia de la Aparición.
12o. Unos anales que vió el P. Baltasar
González en poder de un indio.
13o. La Historia de la Aparición en mexicano
publicada en 1649 por el Br. Laso de la Vega.
14o. Una Historia de la Aparición que hasta
1777 se conservaba en la Universidad de México, "cuya antigüedad
remonta hasta tiempos no muy distantes del suceso".
15o. El añalejo de la Universidad citado
por Bartolache.
41.Como se advierte, la lista de documentos
es bastante larga; pero la desgracia ha querido que (á excepción
del número 13), ninguno se halla publicado, ni siquiera se
sepa que exista en alguna parte. Aunque no sería extraño
que algunos, ó los más, se hubiesen perdido, esa desaparición
total es inexplicable. Singulares apologistas los que, escribiendo
obras, á veces bastante voluminosas, no reservaron un rincón
para los documentos en que se apoyaban, habiendo gastado tanta tinta
y papel para remendar un edificio que por todas partes se abre.
Una colección de esos antiquísimos y rarísimos
papeles en un pequeño cuaderno, valdría más
que todas las apologías. Pero unos se perdieron, otros fueron
robados; aquellos se vendieron por papel viejo, los demás
allá se quemaron; en fin, todos han desaparecido, y ninguno
se puede hoy examinar ni sujetar á crítica. Sólo
se sabe que existieron, porque uno que los vió, lo dijo á
otro, y éste á otro, y este último á
otro más, quien lo contó al que lo va escribiendo;
y todos los intermediarios eran, por supuesto, personas ancianas
graves, y veracísimas, para venir á parar, después
de tantos trámites y ponderaciones, en el cuento de la carta
del Sr. Zumárraga que vió el P. Mesquia, y que se
quemó tan oportunamente.
42. Acerca de los números 1
y 2, es decir, los autos originales, y esa carta del Sr. Zumárraga,
he dicho lo bastante; y pues sólo se dan como probables,
afirmo que nunca existieron, y paso adelante. La misma calificación
de probable trae la historia escrita por el P. Mendieta (No.
3); más valiera decir con franqueza que nunca la hubo. Trátase
de una relación de autor incierto, que Betancourt atribuía
en duda al P. Mendieta ó á Ixtlilxóchitl. Florencia,
propenso siempre a añadiduras y ribetes, ya dice
que Betancourt le afirmó que era de Mendieta: vino
Sigüenza y se enfadó contra el P. Florencia por haber
añadido aquello después que él dió la
aprobación á la Estrella del Norte: con tal
motivo declara y aun jura que se trataba de la traducción
parafrástica de un original mexicano de letra de D.
Antonio Valeriano, hecha por Ixtlilxóchitl. Cabrera le atribuye
á Fr. Francisco Gómez, que vino con el Sr. Zumárraga.
Después de esto no comprendo cómo pudo dar el Sr.
Tomel, ni aun por probable esa historia del P. Mendieta.
43. El primero de los documentos ciertos
es la historia de D. Antonio Valeriano. Ya que Sigüenza
jura que tuvo una relación de letra de D. Antonio
Valeriano, no pondré duda en ello. Pero aquí de la
desgracia, porque esta pieza capital no existe ni la ha visto ningún
moderno, ni se ha publicado jamás, para que pudiéramos
saber lo que decía, y como lo decía. El P. Florencia
que tan ampliamente usó de ella, se proponía imprimirla
al fin de su historia, y al cabo fué saliendo con la frialdad
de que por haber resultado aquella muy abultada, ya no imprimía
la relación; por lo cual le increpa fuertemente y con razón
Conde y Oquendo.
Siempre la fatalidad. Sigüenza, para corroborar
que Mendieta no pudo ser autor de la tal relación, dice que
en ella se leían algunos sucesos y casos milagrosos "que
acontecieron años después de la muerte de dicho
religioso". El P. Mendieta falleció en Mayo de 1604 y D.
Antonio Valeriano en Agosto de 1605; luego si se hablaba de sucesos
ocurridos años después de 1604, no pudo escribirlos
quien murió en el siguiente de 1605, y tampoco Valeriano
es autor de ese papel, aunque pareciera escrito de su letra; ó
bien el documento está interpolado.
En resumen; la relación no existe, ni puede
conocerse más que por el extracto que de ella da Florencia,
en el que no faltan, por cierto, pormenores inverosímiles.
Los apologistas de la Aparición exigen que para comprobar
el argumento negativo se les presente hasta el último papel
posible e imaginable; al paso que dan como de recibo documentos
dudosos, obscuros y enfermizos, que ni siquiera pueden exhibir.
44. El cantar de D. Francisco Plácido
(No. 5) se encuentra exactamente en igual caso. También ofreció
Florencia imprimirlo, y también se le dejó en el tintero,
por lo abultado del libro. ¿No pudo haber desechado
algo de la mucha paja que éste tiene, para dejar hueco á
papeles de tan alta importancia? Y si no quiso imprimirlos él
que los tenía, ¿por qué formar queja de que ahora
no se dé crédito á lo que sólo conocemos
por noticias de segunda mano y extractos nada seguros?
El cantar fué dado al P. Florencia por D.
Carlos de Sigüenza, quien le halló entre escritos
de Chimalpahin. No falta quien piense que no ha habido escritor
de tal nombre. Aunque yo no me atreva á tanto, creo que la
sola circunstancia de haberse cantado el día que "de las
casas del Sr. Obispo Zumárraga se llevó á la
ermita de Guadalupe la sagrada imagen", basta para negar la autenticidad
del himno, pues no hubo tal ocasión de que se cantase.
45. Pasemos al mapa de las Informaciones
de 1666. Doña Juana de la Concepción, india de 85
años, declaró que por haber sido su padre hombre muy
curioso, todo cuanto pasaba en México y su comarca lo escribía
y asentaba en mapas; y que en ellos tenía asentada, si
mal no se acuerda, la Aparición. Y aquí viene
la desgracia de siempre, porque al viejo le robaron aquellos mapas,
y la hija no pudo dar más que esa indicación vaga,
que no sé de qué sirva.
46. El testamento de una parienta de
Juan Diego (No. 7) aparenta mayor importancia, porque en él
se menciona (según Boturini, único que le vió)
una aparición en estos términos: "En sábado
se apareció la muy amada Señora Santa María,
y se avisó de ello al querido párroco de Guadalupe".
La traducción es de Boturini, pues el original estaba en
mexicano, y ciertamente que la palabra teopixque no corresponde,
exclusivamente á la de párroco, como notó muy
bien el Sr. Alcocer, sino que significa padre o sacerdote
en general; pero no puedo admitir que la indicación se
refiera al Sr. Zumárraga, que era verdaderamente Padre y
muy amado de los indios", como quiere el mismo Sr. Alcocer, porque
el sentido común está diciendo que el alto cargo del
Sr. Zumárraga no era para que se le añadiese el calificativo
de una ermita. Al Obispo llamaban Hueyteopixqui (sacerdote
mayor ó principal) según Florencia. Lo que pura y
simplemente dice el texto es que la Virgen se apareció en
sábado, y que se dió aviso del suceso al sacerdote
(capellán ó vicario) que estaba en la ermita de Guadalupe.
Con esto queda ya dicho que la aparición
de que se trata no es la famosa de la Virgen á Juan Diego,
pues según todos los que de ella escriben, cuando se verificó
no había nombre de Guadalupe, ni ermita, ni sacerdote allí
á quien avisar, sino que todo vino de aquel prodigio. Se
trata de uno de tantos milagros que por los años de 1555
ó 56 se atribuían á la imagen; y esto se confirma
con la seca manera de enunciar el caso sin ninguna circunstancia
particular que la distinga.
47. Concuerda con esta noticia otra
que los últimos apologistas no han aprovechado, aunque habrían
podido atribuirle gran valor. Juan Suárez de Peralta en sus
Noticias Históricas de la Nueva España, escritas
hacia 1589, dice que el Virrey Enriquez "llegó á Ntra.
Sra. de Huadalupe, que es una imagen devotísima, questá
de México dos lehuechuelas, la cual .ha hecho muchos milagros
(aparecióse entre unos riscos, y á esta devoción
acude toda la tierra) y de allí entró en México.
Vemos que Suárez anuncia esa aparición con igual sequedad
que el testamento entre un paréntesis, y sin hacer caso de
ella. No llama a la imagen aparecida, sino devota.
Es preciso distinguir entre una aparición
cualquiera, de las muchas que se cuentan, que no deja rastro de
sí, ni pasa de la persona favorecida, en cuyo dicho únicamente
se funda, y la Aparición de la Virgen á Juan Diego,
delante de testigos, y que permanece atestiguada perpetuamente en
la imagen pintada por milagro. Preciso es repetirlo: lo que se cuestiona
no es si la Virgen se apareció á alguien bajo la figura
de la imagen de Guadalupe ya existente: sino si se apareció
á Juan Diego en 1531 con las circunstancias que se relatan,
y al fin quedó pintada en su tilma es decir, si la imagen
que tenemos es de origen celestial.
48. En esto de testamentos de indios
hay cierta confusión. El Sr. Lorenzana vió los de
Juana Martín y D. Esteban Tomelín (No. 8): no publicó
el primero, por estar enmendado el año: en el otro,
otorgado en 1575 hay un legado á Ntra. Sra. de Guadalupe.
Este hay que ponerlo á un lado, pues dejar un legado á
Ntra. Sra. de Guadalupe no es atestiguar su aparición, y
pues en 1575 había ya iglesia, nada tiene de particular ni
prueba nada que D. Esteban le dejase una manda ó limosna.
Del de Juana Martin no conocemos cosa alguna: ni
aun la fecha: hay quien piense que es el mismo atribuido por Boturini
á una parienta de Juan Diego. El Sr. Alcocer dice que se
envió original á España con los demás
papeles de D. Fernando de Alva (Ixtlilxóchitl). No sé
qué fundamento tendría para asentar esto. Lo cierto
es, que de los papeles de D. Fernando quedaron copias en México,
y no quedó del testamento. Continúa la fatalidad destruyendo
los papeles de los apologistas.
49. Del testamento de Gregorio Morales
otorgado en 1559 (No. 9), dice el Sr. Alcocer que poseía
copia: que en él se asienta la Aparición, y que muchos
reputan por uno mismo éste y el de Juana Martin. ¿Por
qué no publicó la copia que tenía, para que
viésemos cómo se asienta la Aparición, ó
si no hay más que el legado de una tierra, como en el de
Tomelín? ¿Qué crédito merecen estos testamentos
desconocidos, cuando ni siquiera se sabe si son diversos ó
uno solo?
50. Menciónase también
una relación de D. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl
(No. 10), que según la declaración jurada de Sigüenza
no era más que una traducción parafrástica
de la atribuida á Valeriano. Por lo mismo no puede considerarse
como documento diverso. Los papeles en que fundó su historia
el P. Sánchez (No. 11) se alegan también. Nadie sabe
cuáles fueron, si es que los hubo. El malicioso Bartolache
dice que "hubiera hecho muy bien el Br. Sánchez en haber
dicho qué papeles fueron los que halló y dónde".
Y pues no lo dijo, ¿qué prueban? ¿Quién
puede calificarlos ahora? De más gravedad parecen los anales
indios que tenía el P. Baltasar González de la compañía
de Jesús, los cuales llegaban a 1642 y en el año que
le toca está el milagro de Ntra. Sra. de Guadalupe. Son
palabras de Florencia. ¿Por qué dijo el milagro y
no la Aparición? Estas vagas indicaciones de mapas
en que está asentada la Aparición, no infunden
confianza, porque como antes dije, no se trata de una aparición
cualquiera de la Virgen de Guadalupe, sino de la Aparición
á Juan Diego, y de la pintura milagrosa en la tilma.
Entre los muchos milagros que á mediados
del siglo se atribuían á la imagen, es casi seguro
que incluían algunas apariciones, como la que refiere
la parienta de Juan Diego y Suárez de Peralta. Aun cuando
así no fuera, es costumbre que todavía dura, pintar
en los retablos de milagro la imagen del santo que lo hizo, como
si se apareciese en el aire al devoto, sin que nadie pretenda por
eso que la aparición fué real, sino que es la manera
de indicar cual fué el intercesor. Un retablo semejante
pintado en unos anales indios, sin texto que declare el asunto,
puede tomarse por una aparición real, sin serlo.
51. A cualquiera llamará la
atención que entre los documentos anteriores al libro
del P. Sánchez se cuente la relación mexicana de Laso
de la Vega, que salió al año siguiente (No.13). Es
que sin más fundamentos que la elegancia del lenguaje y otros
igualmente leves, se ha asentado que el Lic. Laso no es autor de
ella, sino que el verdadero es mucho más antiguo "y
probabilísamente es la misma historia ó paráfrasis
de D. Antonio Valeriano". Si se acepta esa superlativa probabilidad,
el documento se reduce á otro y no es uno más.
Pero sería bien extraño que después
de haber dicho Laso en 2 de Julio que no había sabido hasta
entonces palabra de tal historia, ya en 9 de Enero de 1649 tuviera
presentada y aprobada la relación. ¿Dió la casualidad
de que dentro de esos seis meses apareciera la relación que
tanto tiempo había estado oculta? Si ya la tenía el
P. Sánchez, ¿por qué no se refirió a tan
precioso documento, en vez de contentarse con vaguedades?
Aquí no hay relación alguna. Inflamada
la devoción de Laso con el relato de Sánchez, quiso
divulgarlo entre los indios, y para ello lo abrevió y puso
en lengua mexicana. Eso es todo. Si el lenguaje es bueno, para eso
había entonces grandes maestros de mexicanos, y basta con
recordar el nombre del P. Carochi, que el año de 1645 imprimió
su famosa gramática.
52. El Dr. Uribe (1777) habla de una
historia de la Aparición en lengua mexicana "archivada en
la Real Universidad cuya antigüedad aunque se ignora á
punto fijo se conoce que se remonta hasta los tiempos no muy distantes
de la Aparición, ya por la calidad de la letra, ya por su
materia, que es masa de Maguey, de la que usaban los indios antes
de la conquista" (No. 14). Mucho después continuaron usándola,
y tengo documentos de 1580 escritos en ese papel. Pero ¿qué
contenía esa relación? ¿Cuál era su fecha?
¿Dónde para hoy? No hay quien conteste a estas preguntas.
¿Por qué no publicar, vuelvo a decir, ni siquiera
uno de estos documentos? Dudas había en tiempo del Sr. Uribe,
puesto que escribió una defensa; el Cabildo de la Colegiata
no era pobre: ¿qué le impidió sacar a luz los
documentos que citaba el defensor, como suele hacerse en todo alegato?
¿No le hizo costear después D. Carlos
Bustamante la impresión del segundo libro XII del P. Sahagún,
haciéndole creer que era un documentó fehaciente de
la verdad de la Aparición aunque no habla palabra de ella?
Pues si tanto ha sido el descuido, ¿por qué se quiere
que recibamos como buena y concluyente lo que no se conoce? Cuando
vemos la constante e inexplicable terquedad con que los apologistas
confunden el culto y la aparición, es muy fundado el temor
de que en esos papeles desconocidos no se habla más que de
culto, de mandas ó de limosnas, como sucede en el
testamento de Tomelín y muy probablemente en el de Gregoria
Morales, que sin embargo se alegan como pruebas de la Aparición.
53. Bartolache, más precavido,
no quiso proceder tan de ligero como sus predecesores, sino que
habiendo encontrado un añalejo manuscrito, en la biblioteca
de la Universidad, hizo que el secretario le certificase la exactitud
de los dos pasajes que extrajo. El añalejo no es original
sino copia hecha al parecer en Tlaxcala, indudablemente en
tiempos comparativamente modernos, pues según el mismo Bartolache,
comprende sucesos desde 1454 hasta 1737 inclusive. Los pasajes
citados son: uno del año 13 cañas, 1531, que traducido
al castellano dice: "Juan Diego manifestó á la amada
Señora de Guadalupe de México: llamábase Tepeyacac".
El otro es de 1548, 8 pedernales y dice: "Murió el
Juan Diego á quien se apareció la amada Señora
de Guadalupe de México". La correspondencia del año
está errada, porque al 1548 7 toca el signo 4 pedernal,
no 8. Ignoro qué disposición tenía el añalejo:
la que comúnmente se les daba era poner al margen, como
en una columna 6 tablero, los signos de los años, y al frente
de cada uno escribir lo que ocurría de notable: si nada había,
quedaba el signo solo.
Tal es á lo menos la disposición de
la pintura Aubin y de otras. Si el añalejo de Bartolache
llegaba a 1737, la copia era, cuando menos, de esa fecha, que es
precisamente la de la peste que fué causa ú ocasión
de la jura del patronato de Ntra. Sra. de Guadalupe. Muy fácil
fué añadir entonces en la copia estos pasajes, al
frente de los signos correspondientes. De todos modos hace fuerza
que sólo en un añalejo de pocas fojas, no original
sino copia, concluido cuando se hallaba más exaltado el sentimiento
piadoso en favor de la imagen, se encuentren tales menciones, y
no en otros auténticos, conocidos y que no sintieron la influencia
del libro del P. Sánchez, porque no llegan á su fecha.
54. Agrávanse las dudas acerca
de la existencia ó del valor de todos esos documentos con
el hecho de que en 1662 el Canónigo D. Francisco Siles, grande
amigo y admirador de Sánchez, hizo que se solicitase de la
Silla Apostólica la concesión de fiesta y rezo propio
para el día 12 de Diciembre, y en vez de remitir, como era
natural, en apoyo a la petición, algunos instrumentos auténticos
que asegurasen un pronto y favorable despacho, sólo acompañó
instancias de los cabildos y de las religiones.
A lo menos podían haber sido aquellos papeles
que el Br. Sánchez calificó de bastantes para
levantar sobre ellos su inaudita historia. De Roma se anunció
en respuesta al envío de un interrogatorio por el cual fuesen
examinados los testigos del milagro. Antes de que llegara, preparó
el Canónigo lo necesario para recibir la información,
que en efecto se hizo a fines de 1665 y principios de 1666. El documento
se perdió en Roma y nunca se ha publicado su texto: tenemos
únicamente los extractos que trae Florencia. Estas son las
famosas Informaciones de 1666 que por el número de
testigos y la calidad de muchos de ellos, se consideran como de
los mejores comprobantes de la verdad del milagro.
55. La información se hacía
ciento treinta y cuatro años después de la fecha que
se asigna al suceso, y claro es que no podían quedar ya testigos
de vista. Pero se encontraron oportunamente indios octogenarios
y aun más que centenarios, que alcanzaron á padres
ó abuelos igualmente longevos, de manera que con dos vidas
bastó para remontarse á 1531 y más allá.
Lo incomprensible es que antes de 1648 todo el mundo ignoraba la
Aparición; no hubo escritor que la refiriese, ni aun por
incidencia: el P. Bustamante predicaba un sermón que equivalía
a negarla: ninguno de esos ancianos de Cuauhtitlán, que se
hallaban tan bien informados sus padres y abuelos, advirtió
á los capellanes de la ermita el valor del tesoro que guardaban:
ellos ignoraban todo y eran unos "Adanes dormidos":el culto había
decaído al extremo de no existir en lugar público
de la ciudad de México más que una copia de la Virgen
de Guadalupe; y en medio de ese silencio general, apenas publica
el P. Sánchez su libro sin comprobante, cuando la devoción
vuelve a encenderse, toman parte en fomentar[a corporaciones tan
respetables como el Cabildo Eclesiástico; llévase
el asunto por aclaración á Roma; aparecen por todas
partes testigos calificados que unánimes y bajo juramento
declaran saber de mucho tiempo atrás lo que hasta entonces
nadie, ni ellos habían sabido.
La lectura más superficial de la Información
del Sr. Montúfar, sin otra prueba, deja en el ánimo
una convicción absoluta de que la historia fué
inventada después; y sin embargo, a los ciento diez años
hay quienes afirmen haberla oído á los que la recogieron
de la boca misma de Juan Diego. No me haría fuerza el caso
si solamente tratara de los testigos indios, porque siempre han
sido propensos á las narraciones maravillosas, y no muy acreditados
por su veracidad; pero cuando veo que sacerdotes graves y caballeros
ilustres afirman la misma falsedad, no puedo menos de confundirme,
considerando hasta dónde puede llegar el contagio moral y
el extravío del sentimiento religioso. No cabe decir que
esos testigos se acercaban a ciencia cierta con un perjurio; pero
es visto que afirmaban bajo juramento lo que no era verdad.
Es un fenómeno bastante común en los
ancianos, y le he observado muchas veces, llegar á persuadirse
de que es cierto lo que han imaginado. Se juzgará, sin duda,
absurdo y atrevido desechar así un instrumento jurídico;
pero el hecho es que la demostración histórica no
admite réplica, y que las afirmaciones de unos veinte testigos
de oídas, por calificadas que sean, no pesan más que
la terrible información de 1556 y el mudo pero unánime
y desapasionado testimonio de tantos escritores, y no menos autorizados
que aquellos testigos, y que llevan á su frente al Ilmo.
Sr. Obispo Zumárraga.
56. A las informaciones se agregaron
dictámenes de pintores y de médicos. Los primeros
afirmaron que aquella pintura excedía á las fuerzas
humanas, y los segundos que su conservación era milagrosa.
Contra aquéllos hay la declaración pública
del P. Bustamante: él dijo en el púlpito que la imagen
era obra del indio Marcos y nadie le contradijo. A los médicos
pudiera decirse que se conservan muchísimos papeles de mayor
antigüedad, á pesar de que son más frágiles
que un lienzo y de que ruedan por todas partes. Los Sres. Canónigos
que en 1795 dieron el dictamen contra el sermón del P. Mier,
decían que"los colores se han amortiguado, deslustrado, y
en una ú otra parte saltado el oro, y el lienzo sagrado no
poco lastimado", En todo caso la conservación de la imagen
sería milagro diverso y sin relación alguna con el
de la Aparición. Se cree también que la imagen de
Ntra, Sra. de los Ángeles se conserva milagrosamente en una
pared de adobe y nadie le ha atribuido por eso origen divino.
57. La Santa Sede, obrando con prudencia,
dió largas al negocio, y aparece que la devoción mexicana
volvió a enfriarse un poco, porque el expediente durmió
en Roma unos ochenta años, y hasta se perdieron las informaciones
de 1666. Fué preciso que un acontecimiento tan notable como
la peste de 1737 viniera a revivir el fervor. La ciudad quiso jurar
por su patrona á la Sma. Virgen de Guadalupe, y con tal motivo
se renovaron en Roma las instancias con grandísimo empuje.
El resultado fué la concesión del rezo el 25 de mayo
de 1754.
58. Para sacar una copia exacta de
la imagen y enviarla á Roma en apoyo de las nuevas diligencias,
se hizo otra inspección de pintores el 30 de abril de 1751;
entre ellos estuvo el célebre D. Miguel Cabrera, quien imprimió
después su dictamen con el titulo de "Maravilla Americana".
Puede suponerse lo que diría un pintor preocupado ya con
la creencia general, con el resultado de la inspección de
1666, y con la presencia de altos personajes, que no le dejaban
libertad, ni le hubieran tolerado la menor indicación de
que había en la imagen algo que no fuera sobrenatural y divino.
Años después y en tiempos ya diversos,
sólo porque Bartolache publicó en la Gaceta el anuncio
de su "Manifiesto Satisfactorio", no faltó quien le dirigiese
un anónimo tratándole de judío y conminándole
con castigos dignos de su pecado, en ésta ó
en la otra vida. Y el caritativo conde y Oquendo desea "que no se
atizasen las llamas del purgatorio de ningún incrédulo"
(Bartolache que lo fué sólo á medias); cuando
acabase de caer a pedazos la copia colocada en la capilla del Pocito.
Así es que Cabrera explicó lo mejor que pudo con
virtiéndolos en primores, los defectos de arte que notan
en la pintura, y huyó el cuerpo al más aparente, cual
es que las figuras doradas de la túnica y de las estrellas
del manto estén colocadas como en una superficie plana en
vez de seguir los pliegues de los paños. Bartolache hizo
practicar tercer examen de pintores el 25 de Enero de 1787 en presencia
del Sr. Abad y un Canónigo de la Colegiata. Las declaraciones
de estos facultativos discrepan ya bastante de lo que habían
asentado los antiguos.
El tosco ayate de maguey se convirtió en
una fina manta de la palma iczotl: aseguraron que tenía
aparejo, negaron algunas particularidades notadas por Cabrera,
y en fin: preguntados si supuestas las reglas de su facultad, y
prescindiendo de toda pasión ó empeño, tienen
por milagrosamente pintada esta santa imagen, respondieron: "que
sí, en cuanto a lo sustancial y primitivo que consideran
en nuestra santa imagen; pero no, en cuanto a ciertos retoques y
rasgos que sin dejar duda demuestran haber sido ejecutados posteriormente
por manos atrevidas". La gravedad del caso exigía
que hubiesen especificado qué era lo añadido por esas
manos atrevidas. Grande es la distancia entre el entusiasmo
de Cabrera y las frías reticencias de los pintores
de Bartolache. No imagino que aquel obrara de mala fe.
Los colores de los indios eran muy diversos de los
nuestros, y por eso no es extraño que causasen confusión
a los pintores de los siglos XVII y XVIII, hasta hacerles imaginar
que en un solo lienzo se reunían cuatro géneros de
pintura, diversos y aún opuestos entre Si: ellos no conocían
ya aquella especie de pintura. Esto, las ideas preconcebidas, y
el respeto que infunde un concurso de personas graves, explican
bien los dictámenes de los peritos antiguos. Como algunas
de estas circunstancias no obraban ya con igual fuerza en los de
Bartolache, respondieron de otra manera.
59. Vengamos á la tradición,
que es el arma más poderosa de los apologistas, y tanto,
que Sánchez se habría atrevido a escribir con sólo
ella, aunque todo lo demás le faltase. Traditio est, nihil
amplius quaeras, repiten todos. Sea enhorabuena, aunque no estoy
del todo conforme con el sentido que da á proposición
tan absoluta. Pero hay que saber primeramente si la tradición
existe y por todo lo que va ya apuntado se advierte que en nuestro
caso no la hubo.
Tradición es quod ubique, quod semper,
quod ab omnibus traditum est. Para que fuera quod semper
seria preciso que viniese sin interrupción desde los
días del milagro hasta la fecha del libro del P. Sánchez
(1648): en adelante ya no hubo tradición, pues el suceso
se refirió en escritos. Precisamente 78 en aquel periodo
crítico es donde nos falta. No la había en 1556 cuando
el P. Bustamante predicó su sermón, por que si ya
la hubiera, él no dijera lo que dijo ó si lo dijera
se habría levantado un clamar general contra el atrevido
que atribuía al pincel de un judío la imagen celestial.
No la había el 1575 cuando el Virrey Enríquez escribía
su carta pues no logró saber el origen de aquel culto; ni
en 1622 al predicar su sermón el P. Zepeda.
No la había en el año de 1646 porque
los capellanes mismos del santuario ó ermita la habían
ignorado é ignoraban, hasta que el libro del P. Sánchez
vino a abrirles los ojos. ¿Dónde, entre quienes andaba,
pues, la tradición Tampoco es quod ab omnibus porque
ninguno de los distinguidos escritores de ese período la
conocían, ó á lo menos ninguno la creyó
digna de aprecio.
No fué aquella una época remotísima
y tenebrosa con diez siglos de edad media encima; no vino después
ninguna invasión de bárbaros que acabase con todo.
Imprentas hubo que multiplicaron los escritos del argumento negativo;
no se halló una que diera uno de los documentos
positivos que ahora se alegan. Si en uno ó dos escritores
siquiera, de los más inmediatos al suceso, poco fidedignos
que en lo demás fueran, encontrara yo alusiones á
la tradición, ya creería yo por lo menos que corría
entre el vulgo y que valía la pena de aquilataría.
Mas no sé cómo dar nombres de tradición
auténtica, jurídica y eclesiástica á
esa que en ninguna parte se halla, que el Sr. Montúfar y
los capellanes de la ermita ignoran; que no encuentra cabida en
ningún escrito; que tiene más bien pruebas en contra
y que al cabo de más de un siglo de silencio, parece por
primera vez con asombro general en las páginas de Sánchez,
para levantarse luego grande, universal, no interrumpida en las
declaraciones de los ancianos de 1666, que hasta entonces habían
callado como muertos y dejado perder hasta el culto de la imagen
aparecida. Si esto debe entenderse por tradición, no
habrá fábula que no pueda con ella.
60. No quiero detenerme a examinar
los autores posteriores al libro de Sánchez: todos bebieron
en esa fuente, añadiendo, desfilando, ponderando y exagerando
más y más. Son autores de segunda mano, que no
publicaron documento nuevo. Entre ellos se distingue el P. Florencia
por la multitud de pormenores que refiere, sacados nadie sabe de
dónde, y algunos tan inverosímiles como el de la castidad
que guardó Juan Diego en su matrimonio, por haber oído
un sermón de Fr. Toribio de Motolinía. ¿Cómo
pudo averiguar cosas tan íntimas el autor de la relación
que Florencia dice haber visto, si no confesó a Juan Diego?
El fecundo jesuita empleó la mayor parte
de su larga vida en escribir historias maravillosas de Nra. Sra,
de Guadalupe, de Ntra. Sra. de los Remedios, de Ntra. Sra. de Loreto,
del Santo Cristo de Chalma, del de Santa Teresa, de S. Miguel de
Tlaxcala, y de los Santuarios de la Nueva Galicia. Era el representante
genuino de la época y tenía sed de milagros. En sus
manos todo es maravilloso, y cerró su carrera dejando inédito
el "Zodiaco Mariano",
que el P. Oviedo, del mismo instituto, refundió y aumentó
para darlo a la prensa. Libro detestable, que merecía más
que otros estar en el Índice, por la multitud de consejas,
milagros falsos y ridículos de que está atestado,
con no poca irreverencia de Dios y de su Santísima Madre.
61. Algún reparo merecen las
inverosimilitudes de la historia de la Aparición, según
la trae Becerra Tanco, que pasa por ser el autor más fidedigno.
62.Juan Diego era un indio recién
convertido: así lo dice Tanco, y lo confirman otras circunstancias.
En los primeros años sólo á los párvulos
se administró el sacramento del Bautismo, y rara vez á
los adultos, cuando daban señales extraordinarias de su fe,
o se hallaban en artículo de muerte.
Verdad es que lo reciente de la conversión
del indio no era en si un obstáculo para que recibiese un
señalado favor del cielo; más parece que su instrucción
religiosa era escasa. Luego que vió el resplandor y oyó
el concierto de pajarillos en el cerro le ocurre una exclamación
gentílica: "¿Por ventura he sido trasladado al paraíso
de deleites que llaman nuestros mayores origen de nuestra
carne, jardín de flores ó tierra celestial, oculta
á los ojos de los hombres?" Y á poco para no encontrarse
con la Virgen y evitar una reconvención, toma otro camino:
esto no es candidez sino ignorancia absoluta de la religión
que había abrazado.
¿Qué idea tenía de la Sma. Virgen
el buen Juan Diego, cuando con esta pueril estratagema pensaba excusarse
de ser visto por la Soberana Señora?, La falta cometida consistía
en no haber acudido a la cita que ella le dió el día
anterior, porque fué á Tlatelolco para pedir que se
administrasen á su tío Juan Bernardino los sacramentos
de la Penitencia y Extrema unción. Nadie ignora, pues Mendieta
lo dice, que "a los principios en muchos años no se
dió a los indios la Extrema unción". La penitencia
se les escaseaba.
63. Cuando el indio quiso entrar á
la presencia del Sr. Obispo, se lo estorbaron los familiares y le
hicieron aguardar largo tiempo: Quisiera yo saber qué familiares
tenía el Sr. Zumárraga en 1531; y cómo
era que los indios encontraban dificultades para acercarse a un
prelado que siempre andaba entre ellos, al extremo de que algunos
españoles se lo tenían a mal.
64. La última vez que Juan Diego
se presentó al Sr. Obispo llevó las credenciales de
su embajada, que eran las rosas solamente, según unos, y
esas y otras flores según otros. Ciertamente que la seña
no era para creída. Se hace consistir lo maravilloso del
caso en que el indio hallara las flores en la estación del
invierno y que estuviera en la cumbre de un cerro estéril.
Lo primero nada tenía de particular, porque los indios eran
muy aficionados a las flores y las cogían en todo tiempo.
Vemos hoy que no hay mes del año en que no se vendan en México
ramilletes de flores á precio ínfimo. La segunda circunstancia
no le constaba al Sr. Zumárraga; no sabía en qué
lugar se habían cortado aquellas flores, que bien podían
provenir de una chinampa. Así es que ninguna sorpresa
podía causarles que cayesen al suelo flores cuando el indio
descogió la manta, ni aquella seña servía para
acreditar la embajada.
65. Pero al tiempo mismo de caer las
flores apareció pintada en la manta la Santísima Virgen,
"y habiéndola venerado (el Sr. Obispo) como cosa celestial,
le desató al indio el nudo de la manta, y la llevó
a su oratorio". Según eso, ligero en creer era el Sr. Zumárraga,
y no puede atribuírsele cualidad más ajena a su carácter,
escrupuloso y severísimo como era en materia de milagros.
Disertan mucho los autores Guadalupanos sobre cuándo se pintó
la imagen; aunque todos concuerdan en que al soltar Juan Diego la
tilma ya apareció pintada.
Este fué el gran prodigio; pero tampoco le
constaba al Sr. Zumárraga. Si se le dijese que por un momento,
al descogerla, estuvo blanca la manta y en seguida apareció
en ella la Santa Imagen, el prodigio habría sido evidente,
y como obrado á su vista no podía ponerlo en duda
el Sr. Zumárraga. Para Juan Diego lo sería pues habiendo
salido de casa con su manta blanca, la veía repentinamente
pintada sin intervención humana: mas no para el Sr. Obispo.
Éste debía dudar, y con muy buenos fundamentos, del
origen de la pintura. El indio se había ofrecido animosamente
a traerle la seña que le pidiese y venía saliendo
con unas flores que nada significaban: si hubiera
obrado en presencia del Sr. Obispo alguna maravilla, como Moisés
delante de Faraón, ya seria otra cosa.
En seguida muestra una imagen pintada en su tilma.
Sólo por luz especial del cielo podía haber conocido
instantáneamente el Sr. Zumárraga que aquella pintura
era celestial: sin eso, lo natural era pensar que aquel indio no
había hecho más que procurarse de alguno modo la imagen
para dar fuerza con ello a la pobre credencial de las flores. Aunque
no sepamos. de cierto que ya para esa fecha hubiese en México
pintores, tampoco nos consta lo contrario; y en todo caso, bien
valía la pena de que en negocio tan grave el cauto Sr. Zumárraga
hubiese averiguado muy detenidamente de dónde venía
la pintura, en vez de arrodillarse ante ella tan pronto como la
vió, quitarla desde luego de los hombros del indio con sus
propias manos y exponerla inmediatamente al culto público
en su oratorio.
Ningún Obispo procedía tan ligero
y menos un varón tan grave. Otra circunstancia debió
aumentar su justa desconfianza: la de que la imagen está
pintada en una manta fina de palma, y no en un grosero ayate
de maguey, que era la materia de que usaban sus tilmas los
macehuales o plebeyos, como Juan Diego. ¿De dónde
le había venido esa capa tan ajena de su humilde condición?
66. El nombre de Guadalupe que la Santísima
Virgen se dió á si misma cuando apareció á
Juan Bernardino, ha atormentado á los autores y apologistas.
"El motivo que tuvo la Virgen para que su imagen se llamase de Guadalupe
(escribe Becerra Tanco), no lo dijo: y así no se sabe, hasta
que Dios sea servido de declarar este misterio." Realmente es extraordinario
que la Virgen, cuando se aparecía a un indio para anunciarle
que favorecía especialmente a los de su raza, eligiese el
nombre ya famoso, de un Santuario de España: nombre
que ninguno de sus favorecidos podía pronunciar, por carecer
de las letras D y G el alfabeto mexicano.
Así es que fué preciso dar tormento
al nombre, para traer por los cabellos otro que en la lengua mexicana
se le pareciese y atribuir luego á las ordinarias corrupciones
de los españoles la transformación en Guadalupe.
De ahí que Becerra Tanco conjetura que la Sma. Virgen
dijo Tecuatlanopeuh, esto es, "la que tuvo origen de la cumbre
de las peñas" o Tecuantlaxopeuh, "la que ahuyentó
ó apartó á los que nos comían". Notable
diferencia hay, á mi ver, entre estas voces y la de Guadalupe:
no es necesario inventar dislates. Entre los conquistadores había
muchos andaluces y extremeñas, grandes devotos del santuario
español, que está en la provincia de Extremadura.
Ya antes habían puesto los descubridores
el nombre de Guadalupe, que todavía conserva, aunque ya no
es española, a una de las Antillas menores; y como dice Fr.
Gabriel de Talavera (que imprimió en 1597 su Historia del
Santuario de España), "arraigóse de esta suerte la
devoción y respeto del santuario en aquellos moradores (de
ambas Indias) de forma que comenzaron luego a dar prendas del buen
ánimo con que habían recibido la doctrina, levantando
iglesias y santuarios de mucha devoción con titulo de Ntra.
Sra. de Guadalupe, especial en la Ciudad de México de
Nueva España.
Aquí tenemos ya declarado sencillamente el
origen del nombre, por un autor que escribía en el siglo
mismo de la Aparición, y la ignoraba Los que emigran á
lejanas tierras tienen propensión a repetir en ellas los
nombres de las suyas, y a encontrar semejanzas, aunque no existan
entre lo que hay en su nueva patria y lo que dejaron en la antigua.
Así México recibió el nombre de Nueva España,
porque dijeron que se parecía a la antigua; y los extensos
territorios descubiertos y conquistados por Nuño de Guzmán
se llamaron la Nueva Galicia, por una soñada semejanza con
aquella pequeña provincia de España. Los españoles
creyeron advertir que la imagen de la Madre de Dios venerada
en el Tepeyac se parecía en algo a la del coro del santuario
de Extremadura, y eso bastó para que le dieran el mismo nombre.
Así lo dice el Virrey Enríquez.
67. Pero si la historia de la Aparición
no tiene fundamento histórico, ¿de dónde vino?
¿La inventó por completo Sánchez? No lo creo.
Algo halló que le diera pie para su libro. Tal vez llegó
a sus manos una relación mexicana, á que añadiría
nuevas circunstancias como acostumbraban los escritores gerundianos,
casi sin apercibirse de ello, sino llevados por aquel prurito de
ponderar y exornar cuantos asuntos les caían
en las manos. A ese gremio pertenecía Sánchez y de
ello da buen testimonio su insufrible libro, que quizá por
eso nunca se ha vuelto a imprimir, siendo la pieza capital del proceso,
y habiendo sudado tanto las prensas con las historias de Ntra. Sra.
de Guadalupe. Lo que puede saberse o por documentos históricos
y rastrearse por conjeturas, es lo siguiente:
68. Los primeros religiosos levantaron
luego de llegados, muchas capillas y ermitas en diversos lugares,
con deseo de destruir la idolatría, prefirieron para colocar
esas pequeñas iglesias aquellos sitios en que antes se tributaba
mayor culto a los ídolos, y aún les dieron títulos
análogos. Si en eso hicieron bien o mal, no es esta ocasión
de averiguarlo: bástenos saber que así pasó,
y que una de esas ermitas fué la del Tepeyac, con el título
de la Madre de Dios, sin advocación particular, como
lo indica Sahagún, lo declara el Br. Salazar en la información
de 1556, y era natural que fuese para corresponder al nombre Tonantzin
ó Nuestra Señora Madre, que tenía el ídolo
adorado allí.
No sabemos en qué año se labró
la ermita, ni qué imagen se puso en ella: tal vez ninguna,
por ser entonces muy escasas. Poco después los indios se
dieron a hacerlas, para lo cual se contaba ya con los discípulos
de la escuela de Fr. Pedro de Gante, "y así es (dice Torquemada)
cosa muy ordinaria remanecer en cada convento de cuando en cuando
imágenes que mandan hacer de los misterios de nuestra Redención,
ó figuras de santos en que más devoción tienen".
Sin duda una de estas fué la de Guadalupe,
y hallándola bastante bien pintada, devota y atractiva como
realmente lo es la enviaron los religiosos a la ermita, llevando
a otra parte la que allí estaba, si alguna había:
y cuando los españoles la |