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Trabulse ha subrayado particularmente los méritos de la producción
historiográfica de este grupo, que identifica con la corriente
erudita surgida en Europa el siglo anterior. Caracteriza a estos
historiadores novohispanos como preocupados "por establecer
la verdad de los hechos, pocas veces de interpretar las causas o
examinar las consecuencias", a la vez que conocedores de las
diferencias entre agrupación, selección, crítica
e interpretación de los datos históricos. La labor
compilatoria de este grupo habría sido, en ese sentido, necesaria
preparación para la "historia filosófica"
practicada más tarde, entre otros, por un Francisco Javier
Clavijero.(2)
Pero, ¿fue la de Eguiara y sus contemporáneos
realmente una actitud abierta ante las innovaciones que día
a día alteraban el mapa intelectual europeo, o por el contrario,
procedieron con cautela, tal vez agobiados por el peso de una tradición
escolástica y barroca que muchos identificaban como la propia
del carácter hispánico? ¿de qué forma
determinó su actitud la de las posteriores generaciones ilustradas
ante los severos cuestionamientos a la fe lanzados por el racionalismo
y la incredulidad de la Ilustración radical y revolucionaria?
Una forma de contestar a estas interrogantes podría
ser el estudio del guadalupanismo de la Ilustración novohispana.
A lo largo del siglo XVIII, el capital problema histórico
de las apariciones de la Virgen de Guadalupe empeñó
los esfuerzos de las mejores mentes criollas, preocupadas por dar
un sustento tangible al portento en que se concentraban las aspiraciones
y el orgullo del reino de Nueva España. Se trataba de un
combate no menos trascendental para la nueva nación que el
de Clavijero y sus seguidores en defensa de la naturaleza y el hombre
americanos. En torno al dilema de los orígenes de Guadalupe
se definieron los campos de la fe y de la incredulidad, y se deslindaron
por primera vez mito y verdad histórica. Ante ello, la teología,
la ciencia, las letras, el arte y la historiografía no pudieron
permanecer impasibles, y no dejaron de reflejar las cambiantes mareas
de un debate que compendió como pocos las transformaciones
ideológicas del siglo XVIII. A continuación ofrezco
una interpretación de este apasionante problema, capital
para entender la recepción de la modernidad ilustrada en
la Nueva España.
Fe y razón
En 1688 se imprimió por primera vez La
estrella del norte de México aparecida al rayar el día
de la luz evangélica en este Nuevo Mundo, enciclopédica
compilación de noticias históricas y tradiciones devotas
sobre Nuestra Señora de Guadalupe de México, del prolífico
escritor jesuita Francisco de Florencia (3).
La aparición del libro de Florencia era un hecho notable
por muchos motivos. Para esa época, sólo cuarenta
años después de publicada la interpretación
apocalíptica de la imagen por el bachiller Miguel Sánchez,
la mariofanía del Tepeyac se había convertido en una
de las principales banderas del protonacionalismo criollo novohispano.
La Nueva España de finales del siglo XVII se hallaba en el
umbral de una era de expansión social y económica
en que la posibilidad de una mayor autonomía con respecto
a la metrópoli era más real que nunca. En esas circunstancias,
se requerían con urgencia símbolos comunes que ayudaran
a fortalecer la unidad espiritual de una sociedad cada vez más
consciente de su propia identidad dentro del ámbito de la
monarquía hispánica. El enorme mérito de Francisco
de Florencia y otros apologistas consistió justamente en
haber reconocido en ciertos aspectos de la religiosidad barroca,
como el culto de las imágenes marianas, uno de los símbolos
de esta toma de conciencia colectiva (4).
En el caso particular de la Virgen mexicana, un vínculo especial
se creó pronto entre la devoción popular y el discurso
de los escritores que alimentaron y guiaron el crecimiento de esta
poderosa corriente espiritual.(5)
En este sentido, no resulta extraña la ligereza
con la que Florencia trató en su obra el más importante
problema a que se habían enfrentado los promotores del culto
desde que en 1666 se levantaran las primeras informaciones jurídicas
sobre el milagro, con motivo de la primera petición oficial
a la Santa Sede de oficio propio para la fiesta de la Virgen de
Guadalupe (6). Se trataba
de la ausencia de documentos históricos que pudiesen respaldar
la tradición que remontaba al año 1531 las
apariciones y la milagrosa imprimación de la imagen. Durante
los ochenta años siguientes a su postulación, la causa
de la Virgen mexicana no avanzó demasiado, frenada en parte
por la burocracia vaticana, pero sobre todo por las reglas estrictas
de la romana Congregación de Ritos (7)
que, para evitar la introducción de cultos supersticiosos
y poco fundados, actuaba en todas estos casos con suma prudencia
y circunspección.
Para Florencia, sin embargo, los obstáculos
opuestos a la causa guadalupana que él mismo, al encargarse
de ella en Roma (8),
había podido constatar eran tal vez grandes, pero no
infranqueables. En La estrella del norte de México
declaró abiertamente que la tradición constante de
varias generaciones era la mejor garantía de la autenticidad
del portento. Más aún, hablando del preocupante problema
del silencio de los autores contemporáneos o más cercanos
a la aparición, como Bernal Díaz del Castillo o fray
Juan de Torquemada, lo desechó diciendo a los "poco
crédulos, y menos confiados" que
[...] para mí pesa más el testimonio
de tantos milagros como ha hecho, y cada día hace Dios
por la Santa Imagen de Guadalupe en confirmación de la
pía fe que tienen de ella y de su acreditado origen los
fieles, que cuantos dichos y pareceres pudieran los escritores
haber dejado a pedir de boca de nuestros deseos en sus escritos;
porque estos siempre se quedarían en la esfera de
testimonios; y aquellos están en la jerarquía
de apoyos divinos (9).
Con todo y su festiva declaración de fe,
el padre Florencia no debió ignorar que en este terreno caminaba
en contra de la que cada vez más era la tendencia general
del catolicismo, desde que a principios del siglo XVI surgiera la
teología positiva. La teología positiva, nacida como
reacción a la escolástica decadente de fines de la
Edad Media, pugnaba por el retorno a las fuentes originales del
cristianismo, y desarrolló con este objeto un conjunto de
herramientas necesarias para la correcta interpretación de
los textos sagrados y de la tradición escrita de la Iglesia.
Una revolución de enormes consecuencias se
produjo en el terreno de la historiografía como resultado
de la aplicación sistemática de este nuevo método
de investigación teológica, que introducía
la crítica filológica y documental al estudio de las
Sagradas Escrituras, las obras de los Padres de la Iglesia, los
monumentos de la historia eclesiástica y las actas de los
santos y mártires. Durante la segunda mitad del siglo XVII
este esfuerzo de compilación y crítica erudita de
las fuentes de la historia sagrada y eclesiástica llegó
a su cumbre en los trabajos de exégetas como el hebraísta
francés Richard Simon o de congregaciones de historiadores
como los benedictinos de San Mauro y los Bolandistas jesuitas. Incluso
en la supuestamente letárgica España este movimiento
encontró eco en figuras como el cardenal Sáenz de
Aguirre y su admirable Collectio maxima conciliorum Hispaniae.
Sin embargo, la labor de los eruditos, concebida
originalmente como medio para responder a los ataques del protestantismo
en contra de la autoridad de Roma para interpretar la Biblia y establecer
la disciplina de la Iglesia, comenzó a dar frutos totalmente
inesperados. El examen racional y la depuración de las Escrituras
despojaron de su carácter sobrenatural los textos que hasta
entonces habían sido intocados fundamentos de la Verdad revelada.
Con ello, dotaron inadvertidamente a incrédulos de la talla
de un Benito Spinoza de métodos infalibles para demoler los
fundamentos del cristianismo y de la visión providencial
de la historia. La condena por los propios historiadores católicos
de antiguas tradiciones piadosas tuvo consecuencias igualmente graves.
No pocos sabios se precipitaron atemorizados en el escepticismo
al sospechar que el error y la impostura se escondían detrás
de la hasta entonces considerada palabra de Dios; otros, refugiados
en el arbitrio de la sola fe, lamentaban amargamente que la búsqueda
de la Divinidad por la vía de la razón condujera invariablemente
al extremo opuesto. Se preparaba así el escenario para el
triunfo definitivo del racionalismo de los philosophes radicales
del siglo de la Ilustración. (10)
Obras como las de Francisco de Florencia y sus contemporáneos
criollos parecerían indicar que la Nueva España vivió
durante algunas décadas ajena a la revolución que
en el terreno de la fe y de la historia se operaba del otro lado
del océano. Sin embargo, como se verá a continuación,
nuevas generaciones abandonarían en breve las confiadas actitudes
del jesuita y examinarían con diferentes ojos los sencillos
fundamentos de la fe de sus antepasados.
Patronato disputado, reino
dividido
Eran ya los fines de agosto del [año] pasado
de 1736, cuando a la parte occidental, y pueblo, que dijeron
Tlacopan, hoy Tacuba, distante de la ciudad, como una legua,
comenzó a sentirse entre los sirvientes de un obraje,
y posesión de un noble vecino de México, una fiebre
que aunque se creyó fruta del tiempo, juntaba con lo
agudo, y mortal de la que dispara desde su nociva estación
el otoño, lo venenoso, y pestilente con que suele teñirla
el estío. (11)
Con estas palabras describió Cayetano Cabrera
el inicio de la gran epidemia de fiebres o matlazáhuatl
que entre 1736 y 1737 recorrió Nueva España y que
tan sólo en la ciudad de México cobró más
de cuarenta mil víctimas. Fue una de las mayores catástrofes
de la historia colonial después del cocoliztli que
diezmara a la población indígena en el siglo XVI.
(12)
Durante meses la capital del reino fue un constante
ir y venir de procesiones y rogativas a todos los abogados celestiales
en contra de la plaga, sin que cesara la mortandad (13).
Lo que siguió es bien conocido: la inutilidad de estas plegarias
determinó al cabildo de México a jurar por principal
patrona de la ciudad a Nuestra Señora de Guadalupe, tras
haber conferido "no hallarse otro remedio a México venenosamente
contagiada que abrigarse bajo el celestial escudo de María,
y ancil reservado en Guadalupe" (14).
Habiendo tenido la iniciativa una favorable acogida entre las demás
autoridades eclesiásticas y seculares de la capital, la jura
tuvo lugar el 27 de mayo de 1737, tras una semana de festejos.(15)
La esperanza de los habitantes de México
se convirtió en júbilo cuando, coincidentemente con
la jura del patronato, la fuerza de la epidemia comenzó visiblemente
a disminuir. Muy pronto las demás ciudades y villas de la
Nueva España, imitando a la capital, enviaban poderes para
que también en su nombre se jurase como protectora a la Virgen
de Guadalupe y obtener así los favores de la nueva patrona,
que de ese modo se convertiría en la de todo el reino. Por
todo lo anterior pareció escandaloso para algunos que en
medio del regocijo general se alzara la voz "incrédula"
del poblano Juan Pablo Zetina en contra de la jura del patronato
de Guadalupe. Este desafío dio inicio a un acre debate que
definiría la actitud de la primera generación de ilustrados
novohispanos ante el difícil problema de los fundamentos
racionales de la fe.
En 1741 apareció en México, firmado
con el seudónimo de Antonio Bera Cercada, El patronato
disputado (16),
texto de vitriólica prosa escrito por Cayetano Cabrera y
Quintero (¿1700-1775?), capellán y maestro de pajes
del arzobispo Juan Antonio Vizarrón, en contra de las tesis
de Juan Pablo Zetina Infante, maestro de ceremonias de la catedral
de Puebla. Zetina había remitido al Cabildo eclesiástico
de México (sin que se le hubiera pedido, enfatiza el título
del folleto de Cabrera) un Parecer, fechado en 1738, en el
que exponía los impedimentos canónicos y hasta históricos
que en su opinión existían para jurar por patrona
y rezar oficio común a la Virgen de Guadalupe. El mayor de
todos era (como en efecto ocurría) la falta de reconocimiento
de la advocación por la Sede Apostólica. Zetina, al
subrayar el silencio de la Congregación de Ritos, no hacía
sino llamar de nuevo sutilmente la atención sobre el antiguo
problema de la falta de testimonios originales del milagro.
No fue por casualidad, ni sólo por sus reconocidas
erudición y pluma, que el capellán del arzobispo se
convirtió en el apasionado impugnador de Zetina. Cayetano
Cabrera pertenecía a un interesante círculo integrado
por personajes como Bartolomé Felipe de Ita y Parra y Juan
José de Eguiara, notables no sólo como protagonistas
de la vida eclesiástica y cultural de la capital, sino también
como grandes promotores del culto de Nuestra Señora de Guadalupe.
Sin duda mucho del éxito de la campaña en pro de la
jura del patronato guadalupano se debió a los esfuerzos de
este grupo (17).
A ello también puede atribuirse que Cabrera fuera seleccionado
desde 1737 por el arzobispo y el Ayuntamiento para escribir una
historia de la gran peste y de la jura, el célebre Escudo
de armas de México, publicado hasta 1746.(18)
Cabrera, convertido en virtud de esta encomienda
en una suerte de "cronista oficial" guadalupano, se encargó
por tanto de contestar, aunque con nombre supuesto, a Zetina, y
en él a todos los opositores del patronato. Como lo muestran
el propio texto y las aprobaciones que para él escribieron
Eguiara y el rector del Seminario, José Fernández
Palos, para Cabrera y sus amigos la gravedad de las objeciones de
Zetina Infante no se hallaba en la presentación formal de
las mismas (no exenta por otra parte de algunos errores e imprecisiones)
sino en la incredulidad que suponían agazapada detrás
de ellas. De difundirse esta actitud, podría tornarse en
un peligro para la salud y unidad de la cristiandad novohispana,
tan firmemente afianzada sobre Guadalupe:
Que omnes regnum divisum desolabitur (19),
es verdad que canonizó Cristo en la tierra; y podemos
temer la amenaza, viendo dividirse (al menos en dictámenes)
este reino de Nueva España, del segurísimo patrocinio
de N. Señora en su imagen de Guadalupe de México
[...] (20)
Por ello, tras destrozar sarcástica (21)
y despiadadamente con su conocimiento de la literatura canónica
y teológica la argumentación del poblano, "Bera
Cercada" encara el espectro del escepticismo religioso y, fingiéndose
por un momento abogado del diablo, traza una caricatura del incrédulo:
No quiero, y renuncio por ahora, cuantos autores
extranjeros y patrios, y algunos de ellos de la Puebla, han
escrito de este portento. Doblo y vuelvo a la historia y sus
tablas; hágome sordo a la tradición, a las informaciones
auténticas, copiosas y casi centenarias (22),
y como áspid a la fe que merece la antigüedad invariable
en sus dichos [...] resello los oídos con la ponzoñosa
cola de una incredulidad malvada [...] ¡oh! ¡lo que
fuerza a prorrumpir la defensa de la verdad! (23)
Cabrera va más allá en su
respuesta a los críticos. Aún admitiendo que no hubiera
habido apariciones y que la propia imagen de Guadalupe fuera un
embuste fabricado por un indio, o incluso obra del demonio, merecería
el culto y el patronato en tanto que, por su propia belleza y por
el portento de su incorruptibilidad, ha servido para incrementar
la devoción y la fe hacia el original celestial que en ella
se representa (24).
Cabrera recuerda que Guadalupe no es la única tradición
mariana que ha sufrido los embates de una crítica mal intencionada,
y que gracias a los esfuerzos de eruditos piadosos haya salido indemne.
Con toda intención cita el caso de Nuestra Señora
de la Carta de Mesina (25),
en Italia, que "ha tenido sus contradictores, principalmente
en Palermo, ciudad vecina y émula de Mesina". El apologista
aprovecha este ejemplo para pronunciar una pequeña pero significativa
diatriba del patriarca del pensamiento crítico en España,
el religioso benedictino Benito Jerónimo Feijoo. En opinión
de Cabrera, Feijoo había atacado en su Teatro crítico
universal con ligereza y bases poco serias ("aquellas razones
que caben en sola una hoja de tomo en cuarto") (26)
aquella devoción italiana.
Casualmente Zetina murió al mismo tiempo
que El patronato disputado salía de las prensas, por
lo que nunca podremos saber, de haber proseguido, qué derrotero
habría tomado la discusión. Parece probable que Cabrera
y su círculo guadalupanista, preocupados al descubrir en
el discurso de Zetina atisbos del escepticismo y el análisis
racionalista que Feijoo había defendido en materia de milagros
y portentos en el Teatro crítico (27),
hayan pensado en contrarrestar esta influencia reforzando los fundamentos
de la tradición de la Virgen mexicana (28).
Tal vez fue por ello que en su siguiente gran obra guadalupana,
el Escudo de armas de México, Cabrera y Quintero ensayó
un estudio más detenido del sustento histórico del
portento.
Sin duda el Escudo de armas es el trabajo
más interesante salido de la barroca pluma de Cabrera, una
tragedia (no en vano el autor también fue dramaturgo) cuya
acción, alargada por excursos eruditos de gran interés,
se desenvuelve sobre el amplio escenario de la ciudad de México
hasta que la aparición del deus ex machina guadalupano
anuncia el final de la peste. De este libro afirmó Eguiara
en su Bibliotheca Mexicana que el autor escribió
no sólamente purificando la historia de
consejas y cosas ficticias que de ella deben alejarse, sino
más aún, poniendo en buena luz los documentos
abundantísimos que existen de la ciudad, de las imágenes,
de las iglesias, de los religiosos y otras cosas que a ello
miran: sobre todo las que se refieren a la maravillosa aparición
de la imagen de la Virgen Madre de Dios y que por tradición
se transmiten desde hace dos siglos, y que son concernientes
a la promoción de la piedad y de la fe. (29)
En efecto, en el trabajo de Cabrera quedan claramente
de manifiesto las ansias de renovación que se atribuyen a
su generación en el terreno de la literatura histórica;
pero también sus serias limitaciones. Son notables, por ejemplo,
sus consideraciones acerca de las dificultades de una historia apegada
a los "delicadísimos preceptos de la crítica",
en las que cita en su apoyo el juicio de Francis Bacon sobre la
historiografía, tomado de una versión latina del On
proficience and advancement of learning (30).
Su conocimiento de algunos de los más importantes trabajos
de la revolución metodológica de la historiografía
católica de los dos siglos anteriores como los Anales
del cardenal Baronio y las Acta Sanctorum de los Bolandistas;
la minuciosidad de su propio trabajo de investigación acerca
de los hospitales, conventos, templos e imágenes milagrosas
de la ciudad; todo apunta a la admiración de Cabrera por
esa historia erudita que suprimía todo aquello que "se
creía con más facilidad que se fundaba".(31)
Pero, no obstante una tan promisoria formulación
teórica, Cabrera retrocede en la práctica cuando su
objeto de estudio le obliga a escoger entre la historiografía
barroca (32),
preocupada por la enseñanza moral y el aspecto formal de
la historia, o un renovado ejercicio crítico capaz de acercarse
peligrosamente al límite que separa a la fe de la incredulidad.
Llanamente confiesa que, dado que su mayor interés es lograr
"aquella sincera instrucción de la posteridad en la
verdad de los sucesos [que sirve] para moverla, o a la imitación,
o a la fuga" (33),
renuncia desde el principio a ceñirse a los más estrictos
preceptos de la historia. El modelo historiográfico más
adecuado a sus fines, afirma, es el de sus antecesores Torquemada,
Antonio de Solís y los guadalupanistas Becerra Tanco y Florencia,
a pesar de que
algunas de sus exornaciones,
y las nuestras, tal cual disgresión, apología
y otras, que bien diríamos quiebra del capital que debe
comerciarse en la historia, se tienen en su más severa
crisis, por vicios, pero [...] obliga la necesidad a no escribir
sino lo que con gusto se ha de leer. (34)
Por eso, al tratar el asunto de los fundamentos
históricos del milagro guadalupano, se apresura a hacer profesión
de creyente y señala que, en cuanto a portentos, hay que
condenar "la malevolencia de algunos, que o los niegan del
todo, o se atreven a escudriñarlos más que debieran"
(35) . Cabrera
opta por no correr riesgos y estructura sobre las Consultationes
de Giacomo Pignatelli, conocido canonista del siglo XVII, una
larga y poco original defensa de las principales razones que permiten
inscribir al milagro de Guadalupe en el martirologio. El primer
argumento a favor de la aparición es, por supuesto, "la
inseparabilidad maravillosa de la aparición de la santa imagen,
de eso que es su conservación y permanencia" afirmación
que no le impide sugerir que, para mayor seguridad al respecto,
debería de ejecutarse sobre el ayate una nueva inspección,
más rigurosa que la que los pintores y los médicos
de México habían hecho como parte de las informaciones
de 1666 (36).
El segundo, la tradición constante "de donde se encadenó
en oro la verdad hasta llegar y descubrir la rica mina de su origen"
(37) , permite
al autor declarar (como lo hiciera Florencia) que la transmisión
oral, generación tras generación, del relato del milagro,
podía tener mayor autoridad probatoria que las fuentes escritas.
Respecto al tercero y más importante, la
existencia de escrituras y testimonios de los archivos públicos,
manuscritos y libros impresos (38),
y tras efectuar personalmente una búsqueda infructuosa de
los autos de la aparición en el archivo arzobispal, sólo
quedaba a Cabrera recurrir al expediente del relato primitivo de
las apariciones que Luis Becerra Tanco y Carlos de Sigüenza
y Góngora juraron haber conocido o tenido en sus manos, pero
que nadie, fuera de ellos, había visto nunca (39).
A todo lo largo de su alegato, el autor no dejaba de afirmar su
confianza en que todos estos elementos conducirían en tiempo
quizá no lejano a la certificación del portento por
la Santa Sede.
En su defensa de la tradición, Cabrera no
va más allá de este punto: someter los testimonios
del portento a las operaciones de la crítica era una tarea
cuyos peligros sobrepasaban a quien ingenuamente se confesaba "incapaz
a emprender, y aún pensar producir obra de tan exquisita
perfección, que hasta ahora, a juicio de los mismos preceptores,
pocos, y ningunos quizá produjeron..." (40).
Pero alguien más ya había traspasado el umbral al
que Cabrera tan tímidamente se asomó.
El extraidor de mapas
Desde Becerra Tanco se había vuelto
un lugar común entre los historiadores guadalupanos el negar
crédito, e incluso prevenir en contra de las tradiciones
existentes entre los indios respecto al milagro. Cayetano Cabrera,
al tratar el problema de los documentos indígenas del portento
que consideraba perdidos al no existir ya entre los naturales
nadie con la instrucción necesaria para interpretarlos en
su verdadero sentido habló con su mordacidad característica
sobre un extranjero cuyo nombre nunca menciona:
[...] sobre que debo reclamar cuán poco
segura irá la fantasía de quien no habiendo nacido
en Indias, ni en España, destituido del idioma y voz
viva de los indios, y despreciando como perezosos a los autores
que las tuvieron, presume de extraidor de mapas, desenterrador
de noticias (que había sepultado en manuscritos la imposibilidad
de imprimirlos), levanta testimonios auténticos, rastrea
archivos, aunque no públicos, saca de sus Casas, o de
las del Obispo de Chiapa, delitos de conquistadores; impertinente
todo al fin porque quiere darse a conocer de ilustrador, o historiador
de Nra. Sra. de Guadalupe. (41)
Este "extraidor de mapas" y supuesto ladrón
de documentos (42)
no era otro que Lorenzo Boturini, gentilhombre italiano venido
a México en 1736, precisamente el año del matlazáhuatl.
Impresionado por el fin de la peste tras la jura del patronato de
Guadalupe, Boturini se convirtió en devoto de la Virgen y
concibió el doble proyecto de escribir su historia y coronar
su imagen, lanzándose a la búsqueda de antigüedades
mexicanas y a la promoción de su empresa piadosa. Como es
sabido, sus actividades no tardaron en llamar la atención
de las autoridades acerca de la irregularidad de su estancia en
Nueva España, lo que conduciría en 1743 a su prisión
y destierro y a la confiscación de su archivo, el famoso
"Museo Histórico" indiano. En este sentido, La
animosidad de Cabrera en contra del italiano parece de entrada incomprensible.
¿Acaso no pertenecían, después de todo, al mismo
bando de devotos historiadores guadalupanos?
En comparación con otros aspectos de su obra,
poco se ha dicho de los estudios guadalupanos de Boturini (43)
tal vez porque quedaron inconclusos pero un análisis
atento de sus escritos permite responder, al menos en parte, a la
pregunta arriba planteada: Cabrera y el italiano eran, en el terreno
de la historia, paladines de campos diametralmente opuestos.
Para empezar, Boturini, a diferencia de los guadalupanistas
mexicanos, no reverenciaba irrestrictamente las obras de los grandes
historiadores de la imagen. Del tratado de Becerra Tanco, por ejemplo,
elogia que su autor se hubiera fundado "en los monumentos de
los indios", pero lamenta que "no dio individua razón
de ellos, ni fue cuidadoso de añadirlos en ella y dejar los
originales en lugar seguro para poderlos examinar". De La
estrella del norte de Francisco de Florencia dice que "corre
el rumbo de la tradición, y poco hay de pruebas antiguas"
en él, aunque justifica esta deficiencia del jesuita añadiendo
que era imposible para un religioso "poder correr la tierra"
como había hecho Boturini buscando las "adecuadas noticias"
del milagro. (44)
A estas opiniones se agregaba sin embargo un motivo
mucho más profundo. No era sólo que Boturini estuviera
al tanto de algunas de las corrientes de avanzada del pensamiento
europeo de la época, puesto que éstas, como hemos
visto, no eran ignoradas del todo por los guadalupanistas contemporáneos.
Pero, a diferencia de ellos, el italiano no temía avanzar
por los senderos de la crítica, ni ensayar filosofías
de la historia distantes de la escolástica tradicional; tampoco
le atemorizaba el esfuerzo de redescubrir e interpretar fuentes
históricas hasta entonces ignoradas o despreciadas. Detrás
de su obra se descubre el espíritu del catolicismo ilustrado,
que consideraba como dañosas para la religión las
tradiciones piadosas sin sustento histórico, pues su irracionalidad
sólo servía para alimentar el escepticismo de los
incrédulos. Con toda intención Lorenzo Boturini, al
volverse historiador guadalupano, partió de cero.
Esta radical diferencia de actitud resulta más
clara al examinar la medrosa postura de Cabrera, para quien los
antiguos papeles reunidos por Boturini resultaban ser, más
que los materiales fundamentales del historiador, unas peligrosas
"máquinas troyanas" (45).
Como el caballo de Troya, los documentos, bajo el aspecto de auxilios,
podían en realidad ser una trampa que arriesgara los fundamentos
históricos del milagro. Cabrera seguía creyendo en
unas hipotéticas informaciones o actas testimoniales del
prodigio, levantadas por el propio fray Juan de Zumárraga;
en tanto estas no aparecieran, el único testimonio de la
verdad de las apariciones seguían siendo las informaciones
levantadas de 1666. (46)
Para el ilustrado Boturini, estos riesgos debían
ser, más que barreras, aliento para la tarea del historiador,
sobre todo de aquel que buscaba dar fundamento a la fe en la razón.
El único fin de la historia, afirma en su Margarita mexicana,
inconcluso tratado sobre las apariciones, es
la verdad, sin la cual enmudecen inconsultas las
obras de los varones eximios, se perturba el magisterio de la
vida, se pervierten los tiempos y las acciones, se incurre en
la falsedad y niegan los maliciosos e incautos la fe debida
a los escritores [...] (47)
Según Boturini esta situación era
aún más grave al tratar materias de historia eclesiástica.
Con palabras semejantes a las de Feijoo al tratar el mismo asunto,
dice que en este terreno "mentir es infame, equivocarse cruel,
y dañoso alejarse de la ortodoxa disciplina" pues trata
nada menos que con "los milagros portentosos, el culto de las
imágenes sagradas y la piedad de los fieles". (48)
En el "prólogo" de la misma obra,
Boturini nos refiere cómo, animado por su fe, inició
una búsqueda que le llevó a registrar en vano "los
archivos públicos de la Real Audiencia, de la imperial Ciudad
de México y de la sede arzobispal" en busca de las actas
de la milagrosa aparición. Comenzó entonces recorrer
trabajosamente diversas provincias, ganándose en todas partes
la confianza de los indios, que recelosos escondían sus papeles
viejos al extranjero, hasta finalmente reunir una "copiosísima
colección de autógrafos sobre la historia general
de las cosas de este reino". Con la ayuda de su colección,
dice, planeaba "poner en meridiana luz la verdad de las apariciones
y resolver cuantas opiniones en contrario de ellas pudiese haber"
(49) . En
seguida presentaba el "índice de los fundamentos"
de su demostración histórica, que incluían
"la elegancia y la fidelidad de las historias indias",
"los cánticos de la época de la aparición",
"los mapas y simulacros pintados de los indios", las cualidades
de la propia imagen, el testamento, epitafio y retrato de Juan Diego,
el culto primitivo en el santuario, etcétera. Concluía
prometiendo responder a las dificultades más antiguas de
la historia guadalupana, como la falta de noticias sobre la imagen
en los autores primitivos, y desmentir a aquellos que habían
negado a las historias y códices indígenas valor como
documentos del portento (50).
Boturini alcanzó a realizar sólo la primera parte
de este ambicioso plan, que quedó manuscrita.
Con esta nueva visión Lorenzo Boturini había
abierto por sí mismo la puerta para una nueva etapa del guadalupanismo
novohispano, pero no vivió para verlo. Denostado por los
que recelaban de que un "extranjero" pretendiese aplicar
"sistemas estrafalarios" al joyel de la patria novohispana,
lejos de sus papeles y de su Virgen, murió en la pobreza
en Madrid en 1755. Casi al mismo tiempo dos hechos capitales, la
confirmación del patronato de Guadalupe por Roma, y la mayoría
de edad de una nueva generación de intelectuales mexicanos,
estaban por darle la razón al desenterrador de noticias.
Sobre lo inestable, lo firme
En 1746, culminando el gran entusiasmo desatado
en 1737, la Virgen de Guadalupe fue jurada patrona general de la
Nueva España. La última cláusula del juramento
comprometía a no cesar esfuerzos hasta obtener de la Santa
Sede la confirmación del patronato general y la concesión
de misa y oficio propio para la fiesta de la Virgen, además
de indulgencias para su santuario, ya para entonces colegiata (51).
Con este objeto se aprovechó la partida para Roma en 1752
del jesuita Juan Francisco López como procurador de la provincia
mexicana de la Compañía, para que con plenos poderes
de las corporaciones eclesiásticas y seculares del reino
solicitase del Sumo Pontífice estas gracias. En opinión
de muchos guadalupanistas, lograrlas equivaldría a confirmar
definitivamente la autenticidad del milagro de 1531.
Juan Francisco López, venezolano criado en
Veracruz, tenía renombre como teólogo, canonista y
aficionado a la erudición histórica, cualidades que
sin duda le hacían el portador ideal de la petición
novohispana (52),
sobre todo en consideración a la autoridad ante quien había
de presentarla. El papa Benedicto XIV, uno de los más notables
ocupantes del solio pontificio en el siglo XVIII, escribió
numerosos trabajos históricos, litúrgicos y canónicos,
incluyendo el célebre tratado De la beatificación
de los siervos de Dios y la canonización de los santos.
En esta obra, convertida de inmediato en referencia obligada para
la Congregación de Ritos, se reforzaban y afinaban aún
más los requisitos para la admisión por la Santa Sede
de nuevos santos, advocaciones y milagros.
A pesar de algunas dificultades entre las
que no fue la menor la desaparición, de los archivos de la
Congregación de Ritos, del expediente de la postulación
de la causa remitido a Roma en 1667 (53),
la solicitud del jesuita fue favorablemente juzgada por el papa.
De esa manera, tras el dictamen positivo de la Congregación,
Benedicto XIV confirmó en breve del 25 de mayo de 1754 el
patronato y concedió oficio doble de primera clase con octava
para la fiesta del 12 de diciembre, además de generosos privilegios
espirituales para el santuario. López mandó de inmediato
imprimir decenas de ejemplares del oficio, que no tardaron en llegar
a México como elocuentes testigos del éxito de su
misión. A su regreso a México en 1756, se brindó
a Juan Francisco López la recepción de un héroe
nacional, y durante los meses siguientes toda Nueva España
celebró con grandes festejos la confirmación apostólica
del patronato.(54)
Pero este nuevo triunfo no estaba exento de contradicción.
Lo obtenido distaba de satisfacer las esperanzas que los guadalupanistas
habían puesto en el juicio de Roma, seguros de que la Santa
Sede establecería de manera incontestable la autenticidad
del milagro. Por el contrario, la declaración pontificia
parecía colocar a la tradición en serios problemas.
Algunos subrayaban que no había existido,
por ejemplo, una declaración explícita del carácter
sobrenatural de la imagen original, hecho de enorme gravedad puesto
que, a falta de las actas de Zumárraga, el mejor y
único documento probatorio del milagro de 1531 era
el propio ayate. La preocupación por este asunto se reflejó
en la publicación con el patrocinio arzobispal y el apoyo
de los jesuitas, en 1756, de la Maravilla americana, del
famoso pintor Miguel Cabrera. En este folleto, Cabrera describía
los resultados del detenido examen que junto con algunos colegas
suyos había hecho a la imagen original en 1751 (55).
El pintor citaba las reglas del arte pictórico y los piadosos
testimonios de los otros participantes en la inspección para
demostrar que la Virgen de Guadalupe, por su incorruptibilidad,
belleza y perfección, no era obra de pinceles humanos (56).
No faltaban al respecto exhortaciones como la del jesuita Francisco
Xavier Lazcano, quien sugirió en 1760 que era deber de los
devotos "emplear sus amorosas industrias" en
[...] integrar el luminoso complemento de la prodigiosa
mexicana María, promoviendo que se continúe la
tradición procesada hasta el año de 1666 y que
se pronuncie sentencia definitiva, confirmada con autoridad
apostólica, así sobre la incontaminada duración
de el admirable lienzo, como sobre el maravilloso celestial
artificio de la pintura misma [...]. (57)
Se observaba que tanto en el texto del nuevo oficio
como del breve se utilizaban, aludiendo al prodigio, expresiones
demostrativas de que Benedicto XIV, ateniéndose al juicio
de la crítica y usando de suma circunspección, sólo
había certificado la existencia de una antigua tradición
al respecto. El propio Juan Francisco López, en su última
petición al papa, había tenido que reconocer de nuevo
que no se encontraban testimonios de los contemporáneos y
testigos del portento, con todo y que no dudaba que alguna vez existieron
(58). A
falta de pruebas materiales, una tradición piadosa continuaba
siendo el único sustento del prodigio fundacional de la patria
novohispana. Como resultado de ello, tanto para los defensores del
milagro, como para sus críticos, el problema de los fundamentos
históricos adquirió cada vez mayor importancia.
Resulta significativo que varios de los sermones
predicados durante los festejos que siguieron a la vuelta de López
aludieran a esta situación: así, el que pronunció
el párroco de Pátzcuaro se publicó con el sugestivo
título de El patronato que se celebra, suplemento del
testimonio, que no hay, de la aparición de la Santísima
Virgen de Guadalupe. Como tantos otros, el autor recurría
en esta pieza al ayate como la mejor prueba del portento. Ello no
impidió que el arriba citado Lazcano, en su parecer
para el sermón, expresase extrañeza respecto de que
el obispo Vasco de Quiroga, contemporáneo de las apariciones,
jamás hubiera hablado de ellas en sus escritos conocidos,
ni hubiese promovido su culto. (59)
Tal vez quien mejor resumió estos sentimientos
fue un brillante intelectual, antiguo discípulo de Juan Francisco
López en el Colegio de San Ildefonso: Cayetano Antonio de
Torres (1719-1787), prebendado del cabildo eclesiástico de
México y catedrático de la Universidad. En sermón
predicado en la Catedral metropolitana el 11 de noviembre de 1756,
y tras el riguroso elogio a la Virgen y el papa, Torres puso el
dedo en la llaga al establecer una clara diferencia entre el patronato,
definitivamente logrado, y la confirmación del prodigio de
1531, aún pendiente. "Sobre este asunto del patronato",
recuerda, "nos palpitaba todavía el corazón en
el pecho, y aun estaban cobardes nuestros ánimos. Padecíamos
dudas y se nos atrevían los temores" (60).
Pero, logro de no poca cuantía, gracias al breve el patronato
había dejado de ser rebatido. Antes "venían las
gentes sobre él: fácilmente lo combatían, y
fácilmente lo arruinaban", pero gracias a la voz de
Roma, "no habrá gente tan atrevida, que se anime a profanarlo,
como antes lo ejecutaron, y acaso podrían hacerlo sin el
oráculo de la Iglesia". (61)
Sin embargo, advierte el orador, existe un problema,
e invita a su audiencia a una "seria y juiciosa meditación".
Observa que desde el principio una de las grandes dificultades experimentadas
para la confirmación del patronato por la Santa Sede había
sido la falta de testimonios originales del milagro. Las informaciones
de 1666, a las que tantos promotores del culto habían dado
valor probatorio infalible de la tradición, habían
acreditado sin duda la fe de su promotor, el canónigo Siles.
"...Pero para lograr, y llevar a cabo el suspirado fin"
de obtener la aprobación de la Congregación de Ritos,
"nada sirvieron".(62)
En opinión de Torres, haberse confirmado
"el patronato con oficio y misa propia de la imagen de Guadalupe
en el caso en que nos hallamos, es negocio en realidad sobre las
fuerzas humanas", y no duda en atribuir el éxito de
la causa novohispana a la intervención de la misma Virgen.
Usando la metáfora de la creación de la bóveda
celeste sobre el frágil cimiento de las aguas, Torres admite
que, al no existir pruebas del milagro, el patronato, por excepcional
gracia concedido, "claro es, y a todas luces patente, que está
solidado, fundado y establecido en medio de las aguas, esto es,
sobre la misma inestabilidad de no haber aquellas basas que parecían
del todo indispensables" (63).
En la lucha por el reconocimiento de Guadalupe, la Nueva España
había entrado
desarmada, o por lo menos, entró sin aquellas
armas que eran las más oportunas para prometerse el vencimiento.
El milagro está patente ante nuestros ojos; pero no
canonizado por la Iglesia. La aparición es constante;
pero los instrumentos originales aún no parecen.
Estas eran las armas con que debíamos vencer [...] sin
ellas entramos a la lid, y vencimos sin ellas [...] (64)
A pesar de esta confesión, el predicador
concluye su sermón con la nota esperanzadora pertinente a
la que con justicia era la fiesta más grande celebrada en
décadas en México. Según se contaba, la belleza
de la copia de la imagen con que el padre López obsequió
a Benedicto XIV había conquistado el corazón del pontífice,
asegurando el patronato. Torres no duda en decir que, si el papa
pudiese ver el original, ya no una imperfecta copia de lo inimitable,
seguramente proclamaría que, en efecto, era aquello un milagro,
y que tanta hermosura sólo podía ser obra del Cielo.
Pero Torres no hacía más que expresar los deseos de
su audiencia, y quizá previendo que el guadalupanismo aún
había de librar duros combates, terminó diciendo que
los novohispanos serían "dichosos" si eso ocurriera
en una época cercana. (65)
Manifiesto de insatisfacción
El sermón de Cayetano de Torres puede considerarse
una de las primeras señales del viraje experimentado por
el guadalupanismo novohispano tras la confirmación del patronato
en 1754. Aunque muchos de los sermones pronunciados en los años
siguientes continuaron siendo gozosas celebraciones verbales y teológicas
de la vieja tradición, el mundo barroco donde los Eguiara
y los Cabrera se habían refugiado ante los cuestionamientos
de la modernidad encarnada en los críticos de Guadalupe había
comenzado su lenta agonía.
Torres y quienes le sucedieron usarían, con
cada vez mayor frecuencia, las antes despreciadas armas de la crítica
para dar fundamento a la tradición y, junto con ella, a la
fe. La postura ilustrada implícita en aquel sermón
de 1756 no era sino parte de un movimiento generalizado que se abría
paso gradualmente en el seno del catolicismo novohispano. La nueva
tendencia recibiría poderosos refuerzos en los años
siguientes con la difusión de la modernidad filosófica
por el grupo jesuita renovador de Clavijero y Alegre. No menos importante
fue el impulso de la teología positiva en los seminarios
y colegios del clero por ilustrados arzobispos y obispos como Lorenzana
y Fabián y Fuero. Con estos antecedentes, no es difícil
comprender que una nueva y distinta generación de guadalupanistas,
siguiendo la ruta señalada por Torres, redoblara los esfuerzos
de búsqueda de los fundamentos históricos de la tradición
guadalupana. A tono con la creciente secularización, muchos
de los nuevos guadalupanistas ya no fueron clérigos, y entre
ellos se cuentan algunas de las mayores luminarias de la ciencia
novohispana de la época.
Irónicamente, el héroe de esta nueva
generación fue aquel erudito unos años antes menospreciado
por los defensores ortodoxos de la tradición: Lorenzo Boturini.
Tras ser confiscada por las autoridades, su gran colección
documental estuvo olvidada en la secretaría del virreinato
hasta 1768. El arzobispo Lorenzana, quien preparaba entonces su
edición de las cartas de relación de Hernán
Cortés, consiguió que con este objeto se le prestaran
varios papeles de la colección. Poco después, en 1771,
gestionó el traslado del acervo completo a la biblioteca
de la Universidad, donde permaneció a disposición
del público hasta 1778. (66)
La memoria del erudito italiano y de su trabajo
fue definitivamente reivindicada: el innominado "extranjero"
y "extraidor de mapas" de Cabrera se convirtió
en el "devotísimo guadalupano don Lorenzo Boturini",
que "a costa de trabajosas tareas, viajes y diligencias extraordinarias"
continuó el rescate, iniciado por Sigüenza y Góngora
(otro gran héroe criollo), de "muchos preciosos manuscritos
de los mexicanos que después de todo hubieran consumido la
polilla y el gusano" (67).
El propio Lorenzana llegó a declarar en el púlpito
que "las obras, caracteres y mapas de los naturales" como
los recogidos por Boturini eran la mejor prueba de la constante
tradición de las apariciones.(68)
Durante este período, los tesoros de Boturini
fueron consultados con enorme provecho por muchos estudiosos de
las antigüedades mexicanas y de la tradición de Guadalupe
(69) como el
propio Lorenzana, José Ignacio Bartolache, Antonio León
y Gama, Mariano Fernández de Echeverría y Veitia y
José Patricio Fernández de Uribe. La diligencia de
estos investigadores detectó, en esta y otras colecciones,
interesantes documentos como las escrituras que probaban la ubicación
del palacio de Zumárraga en 1531, diversas pruebas de que
los arzobispos Montúfar y Moya de Contreras habían
sostenido el culto del santuario, varios testamentos del siglo XVI
en que se hacían diversos legados para el mismo y anales
indígenas que mencionaban el portento.
Al mismo tiempo, el afán devoto por
exhibir y conservar los indudables fundamentos históricos
de la tradición redundaba en beneficio de algunos de los
más antiguos impresos guadalupanos entonces conocidos. En
1781, las dos breves relaciones del portento de Mateo de la Cruz
y Anastasio Nicoselli, publicadas en 1660 y 1681 respectivamente,
fueron reimpresas por devotos que deseaban conservarlos para la
posteridad. El anónimo prologuista de esta edición
aseguraba, aludiendo probablemente a los descubrimientos hechos
en los años anteriores en la colección Boturini, que
con todo y su antigüedad, no eran estos folletos
lo primero escrito sobre esta Soberana Imagen,
pues ya mucho antes se habían escrito varios papeles,
que se han hallado felizmente en los sucesivos tiempos, y se
reconocen muy antiguos, los cuales algún día logrará
el público impresos. (70)
El prologuista encarecía la rareza de los
que en esa ocasión se volvían a publicar, mostrando
su preocupación porque ambos estuvieran "en un gran
peligro de perderse del todo", y afirmando que "nunca
podría borrar nuestra Nación la nota de ingrata e
indolente, si dejara perder tan preciosos y estimables monumentos"
(71) . Intenciones
idénticas animaron a Cayetano Antonio de Torres y su hermano
Luis cuando en 1785 costearon anónimamente la edición
en Madrid en dos volúmenes de una Colección de
obras y opúsculos referentes a la aparición. En
ella se incluyeron los tratados de Luis Becerra Tanco y Francisco
de Florencia, entre otras piezas curiosas impresas a partir de 1648.
El prologuista de la colección, quizás
el propio Cayetano, lamentaba que estas obras, "que sirven
de firme apoyo a la creencia del dulce y admirable prodigio [...]
se habían escaseado de modo que apenas se hallaba uno u otro
ejemplar de ellas" (72),
por lo que la compilación ayudaría al propósito
de su más segura conservación. Acaso intentaban los
guadalupanistas impedir que con estos impresos primitivos, elocuentes
testigos de la tradición, ocurriera lo mismo que con
los autos originales del milagro, desaparecidos quizá
para siempre, como muchos temían, debido a la incuria y el
descuido.
Todos estos entusiastas esfuerzos tuvieron, paradójicamente,
resultados muy diferentes de lo planeado. Por inexplicable, contradictorio
y sorprendente que parezca, y salvo por las antes mencionadas compilaciones,
los más importantes frutos originales del gran florecimiento
historiográfico guadalupano del último tercio del
siglo XVIII permanecieron casi todos inéditos en vida de
sus autores (73),
e incluso algunos se han perdido, como el tratado de León
y Gama. ¿Cuál fue la razón de ello?
Ya a fines de los años 70 se había
denunciado desde el púlpito el imparable crecimiento de la
incredulidad religiosa en México. Como paradójico
resultado de la promoción de la crítica en materias
de religión, el escepticismo en diversos grados no había
dejado de aumentar entre los intelectuales. A lo anterior había
sumado la creciente influencia de la Ilustración más
radical. Los nuevos escépticos, empleando una "crítica
insolente" inspirada ahora en las doctrinas de filósofos
"ateos e impíos" como Voltaire y Rousseau, dirigían
sus ataques contra todo lo que sonara a milagros, devoción
y tradición piadosa, incluyendo el mismo portento de Guadalupe.
(74)
Ante esta amenaza, la decepcionante respuesta de
los guadalupanistas fue el silencio de las prensas. No era posible
debatir públicamente con los escépticos acerca de
la autenticidad de la tradición, pues hacerlo conferiría
legitimidad intelectual a los sospechosos de irreligión,
algo impensable entonces. Aunque no se trataba de un dogma o punto
de fe, la tradición de Guadalupe era demasiado importante
para la unidad de la cristiandad novohispana como para arriesgarla
en una polémica de resultado incierto. El temor paralizante
que el empuje de la incredulidad causaba a los creyentes quedó
manifiesto cuando en 1790 vio excepcionalmente la luz un notable
producto de la historiografía crítica guadalupana:
el Manifiesto satisfactorio del célebre científico
José Ignacio Bartolache. (75)
En esta, su última gran obra, Bartolache
empleaba de modo magistral el método de crítica histórica
y documental que la nueva generación de guadalupanistas ilustrados
había adoptado a partir de 1754. Irónicamente, de
lo que daba cuenta el Manifiesto satisfactorio era de la
insatisfacción resultante de la aplicación
consecuente y rigurosa de ese método a la tradición
y a la imagen misma. A pesar del cuidadoso lenguaje empleado por
el científico, sus consideraciones acerca de la autoridad
de los documentos escritos del portento algunos incluso publicados
por él por primera vez hacían pensar que ninguno
le parecía suficientemente concluyente. Lo peor fue la frialdad
con que sometió la imagen original a un peritaje técnico
muy distinto de las devotas y respetuosas inspecciones de los pintores
de 1666 y 1751. Por si fuera poco, puso a experimentación
su incorruptibilidad supuestamente milagrosa, usando como sujeto
de control una réplica casi exacta en material y forma de
la venerada pintura.
Con su deliberado escepticismo, Bartolache estaba
llamando al que debió creer un sano debate científico
y erudito entre creyentes e incrédulos. Esto, sin embargo,
no sucedió, y durante algunos años su opúsculo
no halló impugnación pública. (76)
De nuevo un silencio angustioso fue la única respuesta
a las graves implicaciones del Manifiesto, hasta que en 1794
un joven predicador dominico, fray Servando Teresa de Mier, pretendió
iniciar la discusión presentando en un sermón una
nueva y disparatada versión del origen de la imagen: esta
se hallaba impresa nada menos que en la capa del apóstol
Santo Tomás, evangelizador de las Indias en el siglo I.
Despertados por Mier del pasmo en que los sumiera
el opúsculo de Bartolache, los guadalupanistas reaccionaron
desproporcionadamente. No sólo consiguieron que se procesara
y desterrara al dominico, sino que intentaron acabar de una vez
por todas con cualquier duda acerca de la autenticidad del portento
y del origen sobrenatural de la imagen. A instancias suyas, el arzobispo
de México emitió en 1795 un edicto que mandaba a los
fieles mantenerse en la antigua tradición, y en que prohibía
"absolutamente a los predicadores, así seculares como
regulares, que puedan predicar contra ella, y les mandamos que antes
bien exhorten a su creencia", "hablando en su apoyo con
todos los fundamentos que hallen conducentes". (77)
Aparentemente, un siglo de debates acerca de la
historicidad de la tradición de Nuestra Señora de
Guadalupe había terminado con la victoria de los creyentes
(78). Pero
su triunfo (usando la barroca metáfora de Cayetano de Torres)
estaba débilmente cimentado en las aguas, y no hizo falta
demasiado para derruir la ficticia unanimidad ordenada por el edicto
arzobispal. Sólo meses antes de que Mier pronunciara su sermón,
el Cronista de Indias Juan Bautista Muñoz presentó
en Madrid, ante la Real Academia de la Historia, una breve disertación
histórica sobre las apariciones de la Virgen mexicana, en
la que daba a conocer varios documentos del siglo XVI referentes
al culto del santuario. Con un estilo ácido, muy lejano de
las piadosas ambigüedades de Bartolache, Muñoz exhibía
entre otras piezas una carta del virrey Martín Enríquez,
de 1575, y fragmentos de la todavía inédita Historia
de fray Bernardino de Sahagún cuyo contenido, en su opinión,
parecía contradecir amplia e inequívocamente la antigua
tradición, hasta el punto de echarla por tierra. (79)
La disertación sólo fue publicada
hasta 1817 en las Memorias de la Academia. En México
se conoció en 1819, donde causó un escándalo
mayúsculo. No tardó en hallar réplica en José
Miguel Guridi y Alcocer, cura del Sagrario de México, quien
publicó en 1820 una documentada Apología de la
aparición. En vísperas de la Independencia, ya
rotos los antiguos controles ideológicos del Estado colonial
ese mismo año se restablecía la Constitución
de Cádiz, y con ella la libertad de prensa, Guridi
escribe en un tono completamente distinto al de sus predecesores.
Sabedor de que en la nueva era que entonces comenzaba no podrían
decretarse silencios perpetuos como los del edicto de 1795, invitaba
a una nueva clase de polémica en torno al portento. En su
dedicatoria a la ahora Nacional y Pontificia Universidad de México,
afirmaba que en este "certamen literario" la discusión
sobre la verdad de las apariciones se convertiría en
una cuestión escolástica o disertación
académica, que no se ha de sostener por las tropas con
las armas, ni por el gobierno con sus providencias, ni por la
jurisdicción eclesiástica con sus censuras, ni
por los tribunales con sus decretos, ni por ayuntamiento o junta
alguna con sus arbitrios o auxilios, sino por los sabios con
sus raciocinios. (80)
Con estas palabras terminaba la centenaria disputa
ilustrada sobre la historicidad del portento, marcada por los escrúpulos
de conciencia de los guadalupanistas novohispanos y los silencios
represivos del Antiguo Régimen. La vieja patria novohispana
había desaparecido; con ella se desvanecían también
los temores que impidieron a los ilustrados encarar abiertamente
las inevitables contradicciones de fe y razón. Comenzaba
formalmente el debate público entre aparicionistas y antiaparicionistas
que dividió amargamente a los católicos mexicanos
durante el siglo XIX, y que llegaría a su punto culminante
con la publicación en 1888 de la famosa Carta de Joaquín
García Icazbalceta.
A manera de conclusión
Con Bartolache y Muñoz, las "máquinas
troyanas" temidas por Cayetano Cabrera parecieron volverse
realidad. Como sucedió en la Europa de fines del siglo XVII,
en el México de las Luces la fe cayó en una contradicción
insalvable cuando la razón, disfrazada de generoso auxilio,
socavó los cimientos de la religión en vez de fortalecerla.
La búsqueda emprendida por los guadalupanistas ilustrados
de una fe más acorde con los dictados racionales condujo
a un callejón sin salida cuando fracasaron en su intento
de probar incontestablemente la historicidad del gran portento.
A las manifestaciones celestiales y las sensuales visiones colectivas
del guadalupanismo barroco, no ofrecieron más alternativas
que una fría e inalterable versión oficial, reducida
a un burocrático edicto, e incapaz de condensar el espíritu
nacional como lo había hecho la vieja tradición.
Como resultado de ello, la fe de los ilustrados
entró en un declive irreversible, mientras que la creencia
popular resistió incólume las convulsiones vividas
por el nuevo país y las inútiles discusiones entre
aparicionistas y antiaparicionistas. El guadalupanismo vive y se
renueva actualmente en el pueblo, como parte de la cotidianeidad
y la cultura de millones de mexicanos. Paradójicamente, también
es la enorme fe popular lo que alimenta las pretensiones de la jerarquía
eclesiástica de revivir hoy, con fines abiertamente políticos
y lucrativos, a símbolos guadalupanos como Juan Diego.
Aún hubo una mayor y más trascendental
consecuencia de la derrota intelectual de los guadalupanistas ilustrados.
La idea de nación mexicana fue creada por la intelectualidad
criolla a la sombra de la leyenda guadalupana, pero tras la crisis
ideológica del siglo XVIII fue evidente que la patria tendría
que hallar sustento en nuevas mitologías y heroicidades.
El liberalismo se encargaría de engendrar una nación
laica y una visión nueva de la historia de México,
totalmente ajenas al providencialismo que hiciera de esta una tierra
de predilección celestial. El alumbramiento del nuevo proyecto
hubiera sido imposible sin la ruptura de la unidad de la nación
novohispana, hasta entonces amorosamente cobijada por el manto de
la Virgen de Guadalupe.
----------------------------------------------------------
Fuentes consultadas
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de la Sma. Virgen María de Guadalupe en México desde
el año de MDXXXI al de MDCCCXCV. Por un sacerdote de la Compañía
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_______________, [El Lic. D. Antonio Bera Cercada]
El patronato disputado, dissertacion apologética, por
el voto, elección, y juramento de Patrona, a María
Santissima, venerada en su imagen de Guadalupe de México,
e invalidado para negarle el rezo del Comun (que a titulo de Patrona
electa, y jurada, segun el decreto de la Sagrada Congregación
de Ritos) se le ha dado en esta metrópoli, por el Br. D.
Juan Pablo Zetina Infante, Mro. de Ceremonias de la Cathedral de
la Puebla, en el singularissimo dictamen, y parecer, que sin pedirselo,
dio en aquella y quiso extender a esta Ciudad, a corregir el que
le parecio arrojo (de esta Metropolitana). Dedícase al Illmo.
y V. Señor Deán y Cabildo Sede-Vacante de la Santa
Iglesia de los Angeles..., México, Imprenta de María
de Rivera, 1741.
Colección de obras y opúsculos pertenecientes
a la milagrosa aparición de la bellísima imagen de
Nuestra Señora de Guadalupe, que se venera en su santuario
extramuros de México, reimpresas todas juntas por un devoto
de la Señora, con el fin de que con el tiempo no perezcan
o se hagan muy raras algunas de las piezas menores, 2 vols.,
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Patricio Fernández de Uribe (1742-1796) El cabildo eclesiástico
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que se veneran en la muy noble, leal e imperial ciudad de México,
capital de la Nueva España, a los cuatro vientos principales,
en sus extramuros, y de sus magníficos santuarios, con otras
particularidades, por el Lic. D...., Caballero profeso del orden
de Santiago, Abogado de los Reales Consejos, y Regidor honorario
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México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas,
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Martínez Rosales, Alfonso (comp.), Francisco
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Biblioteca Mexicana, 81, 82, 83).
Ponce de León, José Antonio Eugenio,
El patronato que se celebra, suplemento del testimonio, que no
hay, de la aparición de la Santísima Virgen de Guadalupe
Nuestra Señora. Sermón panegírico que el día
doce de diciembre de este año de 1756, en la magnífica
función con que celebró su declarado Patronato en
la iglesia de la misma Señora la Nobilissima Ciudad de Paztquaro
predicó Don ..., Cura Beneficiado por Su Mag. Vicario in
Capite, y Juez Eclesiastico... Sacalo a luz el M. Ill. Sr. Justicia,
y Regimiento de dicha nobilissima ciudad de Paztquaro, Capital de
la Provincia de Michoacán. Quien lo dedica al Excmo. Señor
Justicia y Regimiento de la Imperial Corte de Mexico, Capital y
Metropoli de este Reyno, México, Imprenta de la Biblioteca
Mexicana, 1757.
Posada Mejía, Germán, "El P. Oviedo,
precursor de los jesuitas ilustrados", Historia
mexicana, vol. VII, núm. 1 (25), julio-septiembre de
1957, p. 46-51.
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México, Fondo de Cultura Económica, 1982 (Sección
de obras de Historia).
Torres, Cayetano Antonio de, Sermón de la
Santissima Virgen de Guadalupe, predicado en la Santa Iglesia Metropolitana
de México en la solemnissima celebridad que hizo por la confirmacion
apostolica del Patronato Principal y Universal de la misma Señora
en su sagrada imagen. El día jueves 11 de noviembre de 1756,
en que costeó la fiesta la nobilissima Imperial Ciudad de
México, con asistencia del Excmo. Señor Virrey Marqués
de las Amarillas, de la Real Audiencia y todos los Reales Tribunales,
del Illustrísimo Sr. Arzobispo con su Cabildo Eclesiástico,
Sacratissimas Religiones, e inmenso concurso de nobleza y plebe,
por el Dr. y Mro. D...., Colegial Real de Oposición en el
más antiguo de San Ildefonso de México... actual prebendado
de esta Sta. Iglesia Metropolitana..., México, Herederos
de la Viuda de José Bernardo de Hogal, 1757.
Varios autores, The Catholic Encyclopaedia (Nueva
York, Encyclopaedia Press, 1913), edición en línea,
disponible en http://www.csn.net/advent/cathen/cathen.htm,
Internet. Consultado el 29 de agosto de 1999.
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